Un giro a la izquierda

Junio 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Cambian los tiempos de la política de modo sorprendente. Hace cuatro años el partido de la U, que podía perfectamente ubicarse en la derecha, ganó de lejos la primera vuelta presidencial con la garantía de la continuidad de la política de Seguridad Democrática, que era una guerra sin cuartel contra las guerrillas, y formó una coalición de centro derecha con el Partido Liberal, Cambio Radical y el Partido Conservador, que obtuvo 9 millones de votos, cuyos efectos políticos eran darle mayor legitimidad a ese propósito de lucha. Cuatro años después, esa misma coalición, cuyo propósito central había cambiado por considerar que había llegado el momento de negociar la terminación del conflicto armado, perdió la primera vuelta presidencial, en la cual obtuvo sólo 3,3 millones de votos, y formó otra coalición de centro izquierda que ganó la Presidencia con 7,8 millones de votos. El candidato presidencial triunfante en esos dos episodios tan distintos fue el mismo: Juan Manuel Santos. Y la figura política que gravitó sobre ambos procesos fue también la misma: Álvaro Uribe Vélez. Santos cambió, Uribe permaneció inmutable. Santos comprendió que una ofensiva militar exitosa había puesto a las Farc en condiciones de negociar las bases de una paz estable y duradera, sin comprometer los derechos constitucionales básicos, es decir una negociación sobre reformas largamente aplazadas que permitieran la incorporación de los guerrilleros a la actividad política, y la inclusión al desarrollo económico de vastas zonas rurales olvidadas de la mano de Dios. Para obtener ese objetivo, hoy es claro que se necesitaban nuevas fuerzas políticas, sintonizadas con los temas críticos de esa negociación: la inclusión social de los ciudadanos marginados del desarrollo nacional, incluyendo a las víctimas, y la participación política de la insurgencia. Una coalición de matices de izquierda que es como López Michelsen definía al Partido Liberal. Uribe entendió que había mucha gente en desacuerdo con esas conversaciones, que en su opinión eran una negociación directa con el terrorismo, un camino a la impunidad de crímenes atroces y una entrega de las instituciones nacionales al socialismo internacional. Le apostó a que lo mismo pensaban las mayorías nacionales y perdió, porque la idea de las negociaciones de paz había producido un giro a la izquierda del mundo político que él lee como un acto de constreñimiento y abuso de poder, pero que simplemente significa que los tiempos cambian, a veces, para bien. La segunda vuelta electoral, en la cual hubo un total 2,6 millones de votos nuevos, que muy probablemente se repartieron entre los dos candidatos en la misma proporción del resultado final, fue un gran ejercicio de disciplina y de lógica políticas. Si se suman los votos que en primera vuelta obtuvieron Zuluaga y Ramírez, más el 45% de los votos nuevos, la suma da 6,9 millones de votos, que son exactamente los que obtuvo Zuluaga. De otro lado, si se suman los votos que obtuvieron en primera vuelta Santos, López y Peñalosa, más el 50% de los votos nuevos, la suma da 8 millones de votos, muy cercana a los 7,8 millones que obtuvo Santos. Fue el enfrentamiento de dos maneras de ver el mundo. Desde la tradición patriarcal, rural, autoritaria, confesional y desde la emergencia de nuevas fuerzas sociales, exigentes, autónomas, urbanas, laicas. Ganaron estas últimas.

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