Un debate sin fin

Un debate sin fin

Abril 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Los terribles episodios de violencia generados por el conflicto armado en Colombia, que se suceden simultáneamente con el desarrollo de las conversaciones de paz en La Habana, puesto que así fue acordado negociar, se convierten en un bombardeo pertinaz sobre el éxito de ese proceso. Pero detrás de ellos, del dolor y la indignación que producen, se esconde una dura realidad: que el progreso de las negociaciones parece estancado, que el asunto no marcha como debiera sino que tiende a prolongarse indefinidamente, que no está cercano un acuerdo sobre los puntos esenciales: el militar y el político, y que los negociadores están atrapados en una red jurídica impenetrable. El único logro práctico que era el desescalamiento del conflicto y la aclimatación de una tregua, saltó en pedazos con la atroz matanza de los soldados en el Cauca y la desalmada explicación de la guerrilla de que se trató de una acción defensiva. Así que en el terreno se vuelve más o menos al punto cero y en la mesa, las negociaciones no se pueden interrumpir pero tampoco avanzan. Si el gobierno logró que las las Farc, gracias a la reducción de su poderío militar, renunciaran a la revolución socialista y se sentaran a negociar condiciones de incorporación a la vida civil y participación en política, dentro del sistema democrático, ¿cuánto más será necesario debilitarlas, para que acepten las condiciones de justicia transicional que se les están ofreciendo? Lo cual llevaría a pensar que una solución posible depende de que el desequilibrio militar sea aún mayor, o sea de una mayor intensificación del conflicto en medio de la negociación, por más absurdo que parezca.De hecho existía un plazo fatal para llegar a un acuerdo: las elecciones municipales de octubre de 2015, para que éste fuera llevado a la ratificación de los ciudadanos a través de un Referendo. Ello ya no es posible, lo cual hace que el tema de la ratificación popular pase a un segundo plano, puesto que después de todo, los acuerdos a los que se llegue deben ser convertidos en leyes por el Congreso, donde está representada toda la sociedad. Cualquier otra alternativa de aprobación popular es un galimatías jurídico de nunca acabar. ¿Pero cuándo habrá acuerdo sobre los puntos esenciales de la negociación? ¿Qué penas están dispuestos a aceptar los jefes guerrilleros dentro de los criterios de la justicia transicional? ¿Cómo repararán a las víctimas? ¿Qué verdades revelarán? ¿Qué mecanismos de ratificación de los acuerdos les son aceptables? ¿Qué condiciones aceptarán para su participación en política? Nada indica que en esos temas, que son el corazón del asunto y donde hay diferencias tan grandes, se haya avanzado mucho, lo cual hace pensar que el asunto va para largo. Pero el problema no son los plazos sino los términos de la negociación.El tío Baltasar, horrorizado por el sacrificio secular de sus gentes del Cauca, dice que los casi ancianos dirigentes de las Farc sentados en La Habana no van a tener arrestos para devolverse a combatir a Colombia y que una guerra de guerrillas no puede librarse a control remoto, lo cual es su más notoria debilidad. Así que allá tendrán que quedarse hasta cuando salga algún humo blanco. Pero, añade el tío, el caso del gobierno es muy distinto porque a él los plazos si le corren pierna arriba y en algún momento muy próximo tendrá que decidir cómo romper el nudo gordiano de ese debate sin fin.

VER COMENTARIOS
Columnistas