Un baloto genético

Marzo 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El protagonista del debate, cuyo espíritu flotaba en la sala atestada de la Universidad de Oxford, era en realidad Charles Darwin, porque de lo que se estaba hablando era de un asunto tan poco baladí como el origen de la vida y del universo, y el papel que la evolución de las especies ha jugado en ese proceso misterioso. La ocasión era excepcional por los polemistas: Richard Dawkins, conocido por ser el ateo más famoso del mundo y nadie menos que Rowan Williams, arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia Anglicana, y como tal, desde los tiempos tormentosos de Enrique VIII el más directo representante de Dios en el Reino Unido, después de la Reina, quien es la Jefa de la Iglesia y Defensora de la Fe. El propio Darwin en su tiempo se negó a participar en un debate similar por considerarlo imposible ante la intolerancia religiosa reinante por entonces.Mucho le hubiera gustado al autor del ‘Origen de las Especies’ oír decir a Su Eminencia el Arzobispo, que aceptaba como un hecho científico la evolución y vacilar ante la respuesta de si Dios había infundido el alma al hombre en algún preciso instante de esa evolución, lo cual consideró apenas probable; pero el momento más dramático fue cuando preguntado si creía que el alma era inmortal, contestó que sí pero que no tenía otro argumento para demostrarlo que su propia fe, lo cual de hecho se extendía a la existencia misma de Dios, también imposible de demostrar. De otro lado, Dawkins, el ateo, contestó que analizadas las leyes de la física que conforman el universo la existencia de Dios era muy poco probable, y que los misterios que aún rodean la evolución de universo y de la especie humana serán muy seguramente develados en el futuro con el avance de la ciencia, como lo han sido tantos hasta ahora. Y bordeando ya los límites de la ironía, manifestó su asombro porque tanta gente educada perdiera su tiempo tratando de darle un sentido al Génesis escrito hace miles de años, en vez de utilizar la ciencia moderna para entender el origen del universo y de la especie humana, que él atribuye a una combinación absolutamente fortuita y excepcional de circunstancias difíciles de repetir en algún otro planeta. Una especie de baloto genético. Así que para él somos un exótico ejemplo de la casualidad y de la soledad en el universo. Casi nada. El debate era por supuesto entre el materialismo y la fe, dos materias opuestas, pero también entre la ciencia y la religión, dos materias que pueden acercarse con respeto mutuo, aunque la conclusión principal planteada por el Arzobispo fue simple y establece una brecha infranqueable entre éstas dos últimas: su creencia en Dios, en los actos supremos de la creación del universo y de la creación del hombre, dentro de los preceptos del cristianismo revelados en la Biblia, son un asunto de fe, imposible de demostrar científicamente. Cree en ellos y tiene derecho a hacerlo. Dawkins por su parte ejerce su derecho a no creer en nada de eso y en sostenerlo con los instrumentos científicos de la genética, que lo llevan a una forma de determinismo. El tío Baltasar, no invitado al foro, que tuvo lugar el 23 de febrero y que puede verse en Youtube, dice que gracias a Dios hay sitios como el Sheldonian Theatre de la Universidad de Oxford donde se puede discutir si Dios existe o no, sin que lo lleven a uno a la hoguera, como sucedía hace muy poco, si se mide por el tiempo que ha transcurrido desde que nació la vida en este planeta, no lejos de allí en la Torre de Londres.

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