Tragicomedia

Tragicomedia

Octubre 13, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Doloroso el drama personal del vicepresidente de la República, Angelino Garzón; implacables las exigencias de la conducción del Estado y fallido el actual esquema institucional del poder ejecutivo. Tres asuntos distintos que se han revuelto en una controversia política, de tal modo que ha sido casi imposible distinguirlos, cuando se requiere que cada cosa se ponga en su lugar.Lo primero, el drama personal, tiene dos dimensiones. Una, ya antigua, que es la equivocada concepción que de su cargo tiene el Vicepresidente, quien piensa que está allí para defender una causa popular que para él es distinta de la del Gobierno o que el Gobierno no tendría, lo cual lo ha llevado a continuos enfrentamientos con los altos funcionarios y a una constante contradicción con las directivas presidenciales. El extremo del asunto es que se lo considera un posible candidato presidencial de oposición. Como su única función es reemplazar al Presidente y representarlo en ocasiones, simplemente no debería tener una opinión política diferente de la oficial del Gobierno. La otra es su delicado estado de salud, que se ha empeñado en ocultar a los colombianos, cuando su sola presencia lo confirma. Es un paciente de alto riesgo y lo seguirá siendo, sin que se sepa la esencia del asunto: si su enfermedad cerebro vascular ha afectado sus facultades cognoscitivas, que es lo que sucede según los especialistas en estos casos clínicos, tema que sólo puede dilucidarse con pruebas especiales. Su historia clínica debería ser tan pública como lo han sido sus posiciones políticas. Se aferra a su convicción personal de que está en pleno uso de sus facultades mentales, lo cual, según los expertos, puede no ser otra cosa que un síntoma más de que no las tiene.Lo segundo, las exigencias del poder que son implacables, porque no puede haber ni por un momento un vacío institucional en la Presidencia de la República. Esté el Presidente sano o enfermo, el Vicepresidente tiene que estar en condiciones de reemplazarlo. Así lo determina la Ley 5 de 1992 en sus artículos 26 y 326 al establecer para el Vicepresidente un procedimiento para determinar si se encuentra en un estado de incapacidad permanente, reglamentación que es independiente de la similar establecida para el Presidente. El resultado de ese examen puede llevar al Senado a declarar esa incapacidad. Por eso el actual presidente del Senado, Roy Barreras, a quien algunos aman odiar, no ha hecho otra cosa que cumplir con su deber al ordenar que se haga ese examen. Y parece evidente el desacato del Vicepresidente al rehusarse a hacérselo o al menos a hacer pública su historia clínica.Y lo tercero, el tema institucional: la conveniencia de que exista la figura del Vicepresidente, que ha sido costosa, inútil y controvertida. Angelino Garzón por supuesto le ha dado un golpe de muerte, pero su utilidad no se ha visto y todos añoran la figura del Designado que funcionó como un honor sin ninguna consecuencia política perjudicial. Debería terminarse, para tranquilidad de todos. El tío Baltasar, que habla del caso como de una tragicomedia en la cual se opina con perfidia, dice que en ninguna norma está escrito que el Presidente del Senado esté en línea sucesoria del poder presidencial, como si sucede en Estados Unidos, de modo que Roy Barreras, nuestro Barba Azul, puede declararse inocente de desearle para su provecho mal a Angelino, mal que el Vicepresidente se está causando a sí mismo y al país.

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