Tiempo perdido

Diciembre 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

De pronto, toda aquella fabulosa invención se materializa. Pero un asunto esencial queda faltando. Todo está allí: las muchachas en flor como una bandada de gaviotas en las playas de Balbec; los salones parisinos del Faubourg Saint-Germain donde la nobleza del antiguo régimen no recibía a la nobleza del Imperio, ni ésta ni aquella a la alta burguesía, pero donde había secretas puertas de comunicación abiertas por el deseo y el dinero; los caminos de Swan y de Guermantes, la burguesía y la nobleza, que se encuentran tardíamente cuando la hija de Charles Swan, y Odette de Crecy, la cocotte de los ojos malva, convertida por su dinero en Mademoiselle de Forcheville se casa con Robert De Saint-Loup; o cuando Madame Verdurin, viuda, enriquecida por la guerra franco-prusiana se casa y enviuda del Duque de Duras y termina siendo la segunda Princesa de Guermantes, cuando la primera en su tiempo ni siquiera la saludaba; y detrás de todo el esplendor de la Belle Époque, la disolución, Sodoma y Gomorra, enarbolada como una bandera por el Barón de Charlus, primo de todos los reyes y amante de todos los cocheros; y los celos como la forma más enfermiza del amor, encarnados en Albertine, bella, fácil e inalcanzable.‘A la búsqueda del tiempo perdido’ de Marcel Proust, la gran novela francesa del Siglo XX, convertida en película en dos entregas para la televisión francesa por Nina Companéez, hace un gran esfuerzo por reconstruir ese mundo que iba a ser arrasado por la Primera Guerra Mundial, en los escenarios más suntuosos, con las más bellas actrices, deteniéndose largamente en las situaciones y los diálogos originales, seleccionando los episodios más notables de esa dorada rutina, con la guía del propio narrador y sus propios textos. Decadente, amanerada, aburrida. Sólo que lo que hizo Proust no fue narrar una historia interminable en siete volúmenes donde no sucede casi nada digno de ser contado, sino utilizar el instrumento de la literatura para expresar un sentimiento: la impotencia humana ante el tiempo que se nos escapa, que se lleva a las personas y a los deseos, y nos deja sólo un recurso frágil para conservarlos: la memoria. La posibilidad de recuperar el pasado a través del déjà vu, de la sensación de lo ya visto, por un detalle de hoy que nos devuelve al pasado, un tropezón con un adoquín, el sabor de las magdalenas de la infancia humedecidas en una taza de té. Algo imposible de filmar.Volker Schlöndorff había ensayado en 1984 algo parecido en ‘Un amor de Swan’, sobre el tema de los celos. El mismo esplendor visual pero el mismo resultado. Y eso que era sólo un capítulo de esa larguísima historia que se confunde con la vida misma de su autor, un ser enfermizo, con una sensibilidad exacerbada, que veía al Gran Mundo no con la solidez que le daba el poder y la tradición, sino con la lente de aumento de su propia fragilidad. Difícil creer que alguien que no sea un estudioso de la literatura lea hoy a Marcel Proust, cuya obra no es rica en episodios sino en sensaciones, que se comunican a través de la palabra a la imaginación del lector. La película en sus logros y sus fracasos es quizás la mejor demostración de cómo no todas las creaciones son traspasables de un género a otro, de lo escrito a lo visual, pues por elaborado que sea el intento la razón misma de ser del asunto se escapa. Cómo cuando Madame Verdurin pensaba que era tiempo perdido que las composiciones para clavecín de los viejos maestros de la Corte de los Luises fueran tocadas en un piano.

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