Terrorismo

Terrorismo

Julio 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El terrorismo ni se puede vencer ni puede ganar porque no es una ideología ni un movimiento político. Es un procedimiento cruel y perverso al servicio de algún interés, que va de la religión al dinero pasando por supuesto, por la política. Es al mismo tiempo una manifestación extrema de fortaleza y debilidad. Fortaleza por el carácter contundente y mortal con que se expresa y debilidad porque es un recurso extremo de la falta de poder real. Un terrorista puede ser cualquiera: un fanático, una secta reducida. O un grupo grande y organizado, que escoge ese procedimiento para actuar, lo cual es el peor de los escenarios, porque multiplica los efectos puntuales de las acciones terroristas, hace más difícil su control y produce una impresión exagerada de poder.Pero reducir un grupo ideológico o político a la categoría de terrorista, porque actúa de esa manera tan inhumana, es una simplificación que no conduce a la solución del conflicto que el grupo ideológico o político ha desatado. Sólo sirve para alimentarlo indefinidamente. Es claro que el terrorismo es totalmente condenable y que no hay negociación de paz posible mientras los grupos que lo utilizan como método de su accionar político dejen de hacerlo, a no ser que ganen antes el poder. Una lista curiosa que cualquiera puede consultar en Wikipedia, nuestra biblioteca de Alejandría virtual, enumera 31 grupos guerrilleros que son o han sido en América Latina, incluyendo 8 de Colombia, de los cuales solo el M-19 ya no existe; 12 en América Central; ocho en América del Norte, icluyendo 2 en Estados Unidos; 28 en Europa, incluyendo 9 en España; 20 en Asia, incluyendo 6 en la minúscula Palestina; y 40 en África, tierra fértil para todos los abusos humanitarios. Casi todos esos 139 grupos acudieron, han acudido o acuden al terrorismo como arma de combate. Los que han llegado al poder nunca lo han hecho como consecuencia de sus acciones terroristas, sino porque tenían en la población civil un respaldo que nacía de otras circunstancias como la invasión territorial, la opresión, la dictadura, la violación de los derechos individuales. El terrorismo ha sido en todos los casos un instrumento minoritario y de minorías, que no produce ningún efecto a no ser el contrario al que se quiere cuando opera en sociedades democráticas como han sido los casos notorios de Irlanda del Norte y España. En el caso de Colombia la fórmula se aplica en su integridad. Movimientos guerrilleros, recurren al terrorismo para atemorizar a la población civil y hacer mucho daño a personas inocentes. Y lo intensifican en la medida en que aumenta su debilidad. Más cuanto más lejos están de acceder al poder, o de controlar alguna parte del territorio o de tener respaldo de la población civil. Pero al mismo tiempo la posibilidad de una negociación de paz en el conflicto interno colombiano, que es un conflicto político, depende de que esos grupos dejen de utilizar el terrorismo como si fuera el único instrumento que les queda y comiencen a utilizar los de la política. Esa historia ya ha sido escrita muchas veces a lo largo del mundo y así es como funciona. Valdría la pena repasarla en detalle, ver cómo en otras partes se ha llegado a acuerdos que destraban procesos de paz, recuperan para el Estado el monopolio de la fuerza, desarman los espíritus, desmontan las maquinarias que financian la guerra, se escuchan las voces ancestrales, y con todo ello se anula el instrumento del terrorismo para poner a andar los de la política. Quizás así se pudiera detener el río de sangre del Cauca, aquí tan cerca.

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