Tartamudo

Febrero 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

A nadie en la Inglaterra de los alegres años 30 parecía importarle mucho que su Alteza Real, el Duque de York, fuera tartamudo, pues a pesar de ser el segundo en la línea de sucesión al trono, la nación estaba enamorada del Príncipe de Gales, que encarnaba esa dorada madurez imperial. Rubio y apuesto, había recorrido el mundo entero encantando a todos y divirtiéndose de lo lindo. Pero sólo su círculo íntimo sabía que esa vida frívola de celebridad internacional, rodeado de mujeres convenientemente casadas y mayores que él, era lo que más le gustaba al heredero de la corona y que, quizás como reacción a la disciplina para perros con que había sido educado, no tenía real interés en ejercer el aburrido oficio de rey de Inglaterra. Pero es lo que le toca hacer cuando muere su padre y se convierte en Eduardo VIII, con la sombra ominosa de Wallis Simpson sobre su cabeza.Wallis Simpson resultó la excusa perfecta para salir del trono, pues su idea de casarse con ella, doblemente divorciada, era intolerable para el gobierno conservador de Stanley Baldwin, que amenazaba con crear una crisis constitucional sin precedentes, y para la Iglesia de Inglaterra, que no permitía el matrimonio con personas divorciadas, de la cual él era el jefe supremo. Así que abdica al trono, por amor, en un discurso que hizo llorar a todas las señoras y que presumiblemente fue escrito por Winston Churchill, solitario apoyo a su causa. Es así como el Duque de York, el tartamudo, se convierte en Jorge VI. El nuevo rey tenía todas las cualidades que le faltaban a su hermano, principalmente el sentido del cumplimiento de deber, que era inherente al cargo de monarca, pero además un hogar estable, dos hijas que garantizaban la continuidad de la monarquía (que no era el caso de la señora Simpson de quien se decían horrores sobre las habilidades amatorias con que había seducido al rey, aprendidas en exóticas lugares orientales, pero que no había tenido hijos en sus dos matrimonios anteriores y que, según se rumoró después, probablemente había permanecido virgen, mientras desempeñaba el cómodo papel de esposa elegante y divertida de maridos desinteresados por el sexo, que los hay en abundancia). Era además el más apuesto de los príncipes reales, con gran presencia física, hasta cuando abría la boca. Eventualmente aprendió a hablar sin tartamudear lo cual indica una gran fuerza de voluntad, que el pequeño ex rey tampoco tenía.De esta historia de la cual ya nadie habla, se ha hecho una película excepcional, candidata a todos los premios cinematográficos que existen, ‘El Discurso del Rey’, dirigida por Tom Hooper, con Colin Firth en el papel de Jorge VI y Geofffrey Rush en el del terapeuta australiano que lo cura. La flor y nata de la actuación inglesa. El éxito de la película consiste en recoger la tradición teatral inglesa, que se remonta a tiempos tan antiguos como la monarquía, para ponerla en un contexto cinematográfico. La anécdota del rey tartamudo que tiene que infundir fortaleza a un país al borde de la guerra, pierde importancia ante la formidable actuación de sus protagonistas. Una historia impactante por la riqueza del guión, los recursos infinitos del teatro, la capacidad histriónica producto de un riguroso entrenamiento profesional; un tour de force reducido a unos cuantos interiores poco regios para enfatizar en el poder de la actuación. Shakespeare hubiera amado esta presentación en El Globo. Y la señora Simpson también.

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