Santidades

Santidades

Mayo 18, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Curioso asunto el de los procesos de canonización de la Santa Madre Iglesia. Algunas veces tardan siglos. Otras son veloces. Dependen de algo que no se puede demostrar por definición como es un milagro, lo cual ahora con los avances de la ciencia hay que reducir a la ley de probabilidades: cuando el hecho que sucede es altamente improbable estamos en la presencia de un milagro. Su existencia prueba la capacidad de intermediación de la persona a quien se lo solicita, ante Dios Todopoderoso, quien parece tener una corte celestial con exigentes protocolos. No basta con haber sido virtuoso en la tierra para acceder a la santidad, es preciso ser capaz desde ultratumba de influenciar las fuerzas divinas, que son las únicas con capacidad para producir el milagro. Pero en ocasiones las razones políticas también hacen milagros.Tomas Becket, arzobispo de Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra fue asesinado en 1170, como resultado de la controversia que lo enfrentó al Rey Enrique II sobre la independencia del poder eclesiástico, sobre el poder real. Becket quería un Iglesia igual al Estado en poder y autonomía. Ya en el Siglo XII aquello era inadmisible. Alejandro III, un papa que fue elegido en medio de un cisma, lo canonizó en 1173, sólo tres años después de su muerte como símbolo del poder del Papa sobre los reyes, que iba a desaparecer pronto. Otro Lord Canciller de Inglaterra, Tomas Moro, ya en el Siglo XVI volvió a desafiar al Rey. Esta vez a Enrique VIII al negarse a aceptarlo como cabeza de la Iglesia Anglicana independiente de Roma, el llamado Acto de Supremacía que le permitía casarse con Ana Bolena. Decapitado por alta traición, fue canonizado en 1935, cuando ese acto ya no molestaba a la Corona Inglesa con la que el Vaticano había mejorado sus relaciones. Luis IX de Francia que embarcó a su país en el fracaso de la última cruzada, murió en 1270 y fue canonizado por Bonifacio VIII sólo 27 años después de su muerte, dándole a los reyes franceses el privilegio de descender de un santo y a Francia, amenazada por los cismas el de ser Hija Predilecta de la Iglesia. España no se queda atrás, pero se demora. Fernando III Rey de Castilla y de León muere en 1252 y es canonizado por Clemente X en 1671. Todos ellos tuvieron que hacer su milagro para llegar a los altares. Un caso muy peculiar es el de los Ochocientos de Otranto, compañeros de canonización de las madres Laura Montoya y Guadalupe García, mujeres que entregaron sus vidas al servicio del prójimo, lo cual debería bastar para ser veneradas. Los 800 hombres fueron víctimas de la toma de Otranto en 1480 por el ejército otomano de Mohamed II, ciudad que el muy católico Rey de Nápoles dejó a merced de los invasores. Todos fueron decapitados: artesanos, pescadores, comerciantes, jóvenes y viejos. Antonio Prezzulla, sastre, pasó a la historia como Antonio Primaldo, por ser el primero en morir. La leyenda dice que todos, cuyos nombres se desconocen, profesaron su fe antes de perder la cabeza. En 1970 una monja Clarisa del convento de Otranto, que les tenía devoción, se curó de un cáncer. Ese fue el milagro que llevo a ochocientos italianos anónimos a los altares junto a dos buenas mujeres latinoamericanas.El tío Baltasar, un descreído, dice que el verdadero milagro de la Madre Laura, admirable mujer, fue el haber obtenido del papa Francisco el apoyo para el proceso de paz en Colombia y se pregunta qué irá a decir ahora el uribismo, conservador, católico, guerrerista, de la bendición papal.

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