Sábanas calientes

Sábanas calientes

Marzo 29, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El reparo más grande que puede hacerse al resultado de la reciente elección para el Senado de la República, no es tanto que su resultado sea proporcional al reparto de cupos indicativos para que los senadores en ejercicio inviertan en sus regiones, que puede haber sido una fuente de corrupción, sino la inequidad en la representación de las regiones en la Cámara Alta. La calentura no está en las sábanas del mal uso de los cupos indicativos sino en el perverso sistema de la circunscripción nacional para el senado. En Estados Unidos de América, cuyo sistema parlamentario inspiró el nuestro originalmente, el poder legislativo está dividido en dos cámaras. El senado, que representa a los estados en igualdad de condiciones sin importar su tamaño, porque los constituyentes de Filadelfia acordaron, después de un ardiente debate, que era la única manera de fortalecer la unión entre organismos independientes y diversos; y la Cámara de Representantes formada por el conjunto de los distritos electorales cuyo número depende de la población de cada estado. Existen dos senadores por cada uno de los cincuenta estados de la Unión, con un período de seis años, que se renueva cada dos años por terceras partes, y 435 representantes, con un período de dos años. El senado se ocupa de los intereses generales de cada estado y de los de la Nación, en materias como política internacional y defensa. La cámara de los asuntos ciudadanos, especialmente la imposición de tributos, bajo el principio de que no debe haber impuestos sin representación.En Colombia las cosas funcionaron de modo parecido y razonablemente bien hasta que dejaron de hacerlo con dos sofismas: el primero que había muchas elecciones y el segundo, que como el senado representaba los interés de la Nación su elección debería ser nacional. Por cuenta de lo primero se acabaron los períodos de dos años para los Representantes a la Cámara, que permitían una evaluación de la gestión del ejecutivo, para corregir o fortalecer el rumbo de las políticas públicas; y por cuenta de lo segundo se cumplieron las preocupaciones de los constituyentes de Filadelfia de que los estados pequeños, en nuestro caso los Departamentos, se quedaran sin representación en el senado. Lo que ha sucedido es un aberrante caso de inequidad. El senado colombiano formado por los grandes electores, con gente de sus regiones, lo cual ha llevado a una concentración absurda de senadores en la Costa Atlántica, y la ninguna representación de las zonas más despobladas del territorio que tienen la misma jerarquía administrativa. Si se puede decir que la Cámara es en su composición (y en sus luces y sombras) fiel representación de la población colombiana, no puede decirse que el Senado represente los intereses, a veces encontrados, de las regiones en igualdad de condiciones, y los altos intereses de la Patria, como es de su esencia histórica, sino más bien el poder de las maquinarias de los partidos políticos. Consecuencia de esa ‘modernización’ del sistema electoral, ha sido que las dos cámaras terminaron durando, ganando y haciendo lo mismo, lo cual ha alentado el remedio, que puede ser peor que la enfermedad, de que haya una sola cámara, cuando lo que se debería hacer es volver a los orígenes. El tío Baltasar dice que es allí donde está la fiebre aunque reconoce que hay demasiada calentura en las sabanas… de Córdoba.

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