Rostros y paisajes

Rostros y paisajes

Julio 03, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En un sitio el protagonista es el hombre. En el otro, el paisaje. El Museo Thyssen-Bornemiza de Madrid, sede de la fabulosa colección de arte del Barón Heinrich von Thyssen, que fue a dar a España gracias a la última historia de amor de su vida aventurera, con Carmen Cervera, su quinta esposa, presenta la obra de Ghirlandaio, que es el renacimiento florentino, el resurgimiento de lo griego. El hombre como medida de todas las cosas. Alrededor de una de sus pinturas más preciadas, el retrato nupcial de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni, se monta toda una reconstrucción del arte que creó esa sociedad burguesa de banqueros y comerciantes en el Siglo XV, a través de uno de sus episodios más notorios: la unión por matrimonio de dos familias influyentes.El Museo del Prado, al otro lado de la calle, con la exposición Turner y los Maestros, trae a España, por primera vez, la obra del más espléndido paisajista inglés, cuyos cuadros normalmente pueden verse en la Tate Britain de Londres, gracias a la enorme donación que el propio Turner hiciera de su obra a la Nación. Pero en ambas exposiciones, y esa es su magia y su importancia histórica, se reúnen cuadros de diferentes museos que los años han dispersado por el mundo. Las pinturas de la cámara nupcial de Giovanna Albizzi y Lorenzo Tornabuoni, emparentado con los Médicis, cuyo fugaz matrimonio fue un gran acontecimiento social y político, no habían estado juntas en cuatro siglos, y los cuadros de Turner, enfrentados a las obras de los maestros que consciente, orgullosa y a veces pretenciosamente copió, están por primera vez unos al lado de los otros.La exposición Turner, que es el acontecimiento cultural del verano madrileño, tiene una curaduría singular pues rastrea las influencias de Turner en maestros paisajistas antiguos y contemporáneos con el argumento de que la originalidad en el arte, como en todo lo demás, se alimenta del pasado. Turner y Claudio de Lorena, Turner y Ruysdael, Turner y Rembrandt, Turner y Watteau, Turner y Gainsborough, Turner y Constable, Turner y Canaletto. Paisajes y marinas, que son una interpretación romántica de la naturaleza como corresponde al paisajismo del Siglo XIX, en las manos de Turner terminan siendo grandes remolinos de agua, viento y luz, casi al borde de la abstracción, con unas pinceladas que presagian el Impresionismo y unos formatos gigantes que afirman por igual la grandeza del episodio que describen y la del pintor. Sobre los temas y las composiciones de esos grandes maestros, Turner, el gran imitador, el gran innovador, crea obras que para el observador actual son un paso decisivo en la ruta por donde habría de transcurrir la pintura contemporánea. Ghirlandaio es otra cosa. Los personajes que retrata son hombres y mujeres de rostros perfectos, individualizados en su carácter, pero idealizados en su papel de representantes del poder o de la religión. Santos, cristos y vírgenes que se convierten en objeto de adoración no por la devoción que inspiran sino por su belleza física, entendida como valor espiritual: Grecia revivida. Esa aproximación a la idealización de lo físico, en el retrato y en el paisaje, es lo que hermana estas dos grandes exposiciones, que en el fondo reflejan los momentos de mayor esplendor de dos sociedades, la florentina y la inglesa, separados por los siglos. Hoy reunidos, reagrupados desde todos los rincones del mundo, en estos salones que son como un remanso del tiempo en el barullo de la gran ciudad.

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