Ritos primitivos

Ritos primitivos

Agosto 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Sorprendente, inesperada, confusa, atiborrada, políticamente incorrecta, interminable fue la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres. Una mezcla extraña de comedia musical y repaso de eventos históricos, con el telón de fondo de la cultura popular británica, la extravagancia costó 27 millones de libras, involucró 15.000 personas, muchas de ellas voluntarias y puso sobre el escenario personajes tan disímiles como Calibán de Shakespeare, las mujeres sufragistas, los campesinos paupérrimos, los obreros ennegrecidos de la Revolución Industrial, las enfermeras del Servicio Nacional de Salud, los niños enfermos, los inmigrantes del Caribe, el capitán Hook, Cruela de Vil, Lord Voldemort y Mary Poppins. Todo con el toque de ironía, típicamente británico, de ponerle música y baile a las tragedias, que tiene su mejor expresión en el campo de las comedias musicales, como han sido los resonantes éxitos mundiales de Los Miserables, Evita y Jesucristo Superstar. La ceremonia, denominada Islas Fantásticas, fue un gran musical creado para la televisión por Danny Boyle, un director de cine irlandés caracterizado por un toque crítico pero no radical sobre la evolución social de su país y fue, en su variedad, en su atiborramiento, en su oscuro simbolismo, el más grande y absurdo espectáculo jamás puesto en escena.Lejos de la impecable sincronización de la ceremonia de Beijin, cuatro años antes, cuyo simbolismo fue el de mostrar una sociedad con una férrea disciplina social, cuya fuerza nace de la obediencia y la organización, en un nivel al cual no puede aspirar ningún otro país. Londres fue la orquestación del caos de una sociedad abierta, cuya creatividad nace de esa libertad. Dos polos opuestos. Pero quizás, lo importante de Londres pasó un poco inadvertido en medio de la parafernalia desplegada por la industria del entretenimiento y fue algo mucho más sencillo y esencial, no menos espectacular, en lo cual sí se llevaron los británicos todas las palmas: la ceremonia del fuego. Toda la secuencia del viaje de la llama olímpica a través del país, para llegar al estadio olímpico por el Támesis cuyas orillas se iban iluminado a su paso con luces de artificio, la multiplicación de la llama a manos de jóvenes deportistas promisorios designados por deportistas experimentados, la creación de un círculo de fuego que se fue elevando como una flor exótica hasta crear un pebetero gigante en las alturas, la explosión de los fuegos artificiales; todo aquello tenía un carácter primitivo y sagrado, la adoración del fuego, que hermanaba de verdad ese acto con el de sus orígenes en la antigua Grecia, cuando las olimpiadas eran una tregua obligada de la guerra para dedicarse al más fútil de todos los esfuerzos humanos: ir más rápido, ser más fuerte, llegar más alto. Con eso hubiera bastado para hacer del evento un triunfo, porque es difícil creer que el minucioso despliegue de la cultura popular británica sea entendido por el mundo entero, tan disímil. Pero alrededor del fuego se ha reunido la humanidad desde sus más primitivos orígenes, cuando su descubrimiento posibilitó la vida social. Y el grupo de deportistas que hacía un círculo alrededor de la llama olímpica tenía ese mismo carácter primitivo y eterno, que posibilita a hombres y mujeres a reunirse, como individuos, en competencia feroz pero, como grupo, alrededor de unas reglas de juego comunes, con el compromiso de respetar el resultado de la contienda, para seguir alimentando el fuego.

VER COMENTARIOS
Columnistas