Revolución al desnudo

Revolución al desnudo

Abril 20, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Si el zar le hubiera hecho caso a Rasputín, quizás hubiera salvado su trono. Muchos consideraban maléfica la influencia del santón sobre la familia imperial, especialmente sobre la zarina, que era alemana, pero él había recomendado que Rusia no entrara a la guerra contra Alemania y Austria-Hungría, que fue el detonante de la revolución. Una revolución que no fue impulsada por los bolcheviques, una minoría política, sino por los liberales y los socialistas que querían un régimen menos autocrático y un parlamento al estilo inglés, sin prescindir de la monarquía. El imperio de los Romanov, vasto y pujante, se derrumba por una serie de errores estratégicos, de torpezas del zar, aferrado al absolutismo, y el poder va a dar después de muchas peripecias al más improbable de los participantes en ese proceso: Vladimir Ilich Ulianóv, Lenin.

La apertura de los archivos soviéticos después del derrumbe de la URSS en 1991 ha permitido un mejor conocimiento de lo sucedido, sepultado hasta ahora bajo toneladas de propaganda que contaba los episodios heroicos del anunciado triunfo del proletariado sobre el capitalismo. Sean McMeekin, académico norteamericano de Bard College, ha escrito Una Nueva Historia de la Revolución Rusa (Penguin Random House, 2017), husmeando en esos archivos, con 100 páginas de citas históricas, que no interfieren una prosa seductora con la cual teje esa urdimbre compleja del país más grande del mundo, llevado por la fatal combinación de una guerra civil y una guerra mundial.

La cruda realidad es que la revolución bolchevique triunfa gracias a tres factores: la financiación alemana, que buscando el retiro de Rusia de una guerra que estaba ganando, organiza el viaje de Lenin de Zúrich a Petrogrado, en abril de 1917, paga los gastos de su partido y lo arma; el oro ruso decomisado por los bolcheviques y aceptado ilegalmente por Suecia, para financiar la guerra civil con armamento inglés, alemán y norteamericano; y el acuerdo de los banqueros de Londres, que condonan la inmensa deuda zarista, para poder darle a Lenin nuevos recursos, a cambio de nuevas concesiones. Es decir, la revolución del proletariado financiada por el capitalismo extranjero.

Es 1917. El zar abdica ante las huelgas obreras de San Petersburgo y Moscú, en febrero, y un gobierno provisional asume el poder, sin tener el control del ejército que se rebela. Mandan el Soviet de Petrogrado, que es un consejo de obreros, el Consejo de Ministros, y los generales. La Duma, establecida en las revueltas de 1905, no tiene poder alguno. Y todos dan órdenes. Lenin en desarrollo de sus compromisos alemanes manda a su gente a desmoralizar a los soldados rusos del frente y se salva por un pelo de ser acusado de traidor.

Termina la guerra con Alemania en 1918 con el ruinoso tratado de Brest-Litovsk, pero queda una guerra civil entre el ejército rojo, bajo el mando de Lenin y Trosky, quienes han tomado el poder finalmente en octubre de 1917, y las tropas que no reconocen la revolución. Además hay ejércitos polacos, japoneses, turcos, en suelo ruso que arrasan con la producción campesina. En los años que siguen hasta 1920 todas esas batallas y hambrunas producen 20 millones de muertos. Sobre ellos los bolcheviques montan un imperio mucho más represivo y totalitario que el que derrocaron, que sólo dura 70 años. ¡Sólo si el zar le hubiera hecho caso a Rasputín!

VER COMENTARIOS
Columnistas