Reformas o revolución

Junio 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Si es una reforma no es una revolución y si no es una revolución para qué tanto alboroto, diría cualquiera que leyera el texto del comunicado conjunto entre el gobierno de Colombia y las Farc sobre la bases del acuerdo a que se ha llegado en el tema agrario. Y tendría toda la razón, solo que en Colombia nadie, ni siquiera la guerrilla, está hablando de una revolución agraria, por la sencilla razón de que Colombia ya no es un país agrario. Pasó tanto tiempo desde el inicio de las luchas campesinas armadas, que cuando por fin se sientan a una mesa seria de negociaciones quienes las iniciaron, Colombia es ya un país moderno, inserto en los mercados internacionales, cuyo comercio exterior no es principalmente agropecuario y cuya población vive mayoritariamente en las ciudades, incluyendo a los desplazados del conflicto, quienes en su mayoría quizás no quieran regresar a sus campos de origen como ha sucedido con todos los que por una razón u otra han emigrado a las ciudades.Así que si hay un mérito en los lineamientos conocidos del acuerdo, es precisamente la aceptación por parte de las Farc de una agenda reformista sobre el sector agropecuario que sea un instrumento de modernización del campo, rezagado con respecto al desarrollo del resto del país. Por años se ha dicho que lo que el sector agropecuario necesita es todo el montaje tecnológico y de asistencia técnica que lleve a un aumento de la productividad y todas las inversiones públicas necesarias para llevar a un mejor nivel de vida de sus habitantes. Donde lo ha habido como en el Valle del Cauca, en las zonas cafeteras, en la sabana de Bogotá, ha florecido un sector agropecuario moderno, productivo, que ofrece salarios comparables a los de las ciudades y acceso a los servicios de bienestar social.Hay sitios dejados de la mano de Dios que han alimentado las luchas campesinas, con su atraso económico y su infame concentración de la propiedad. Pero en otros, escenarios crueles de la guerra, como el Cauca y Nariño, valdría la pena analizar si sus problemas rurales surgen de la presión del campesinado por la tierra. Nariño ha sido un departamento minifundista sin luchas campesinas y en el Cauca se ha realizado por presión de las comunidades indígenas una reforma agraria de hecho, legalizada por los gobiernos, que hace que hoy en día no haya presión sobre la tierra sino peticiones para un mejoramiento de los servicios del Estado a los nuevos propietarios. El conflicto que asola a esas dos regiones es producido por la siembra y distribución de cultivos ilícitos, donde el campesinado está entre dos o tres fuegos cruzados. Es un problema de cambio de cultivos productivos y de desmonte del narcotráfico, que es cosa bien distinta a una revolución agraria. En el fondo, aunque se hable de que no deben existir latifundios improductivos y que es necesario aumentar el número de pequeños propietarios del campo, lo que las Farc están reconociendo con su firma es que el campo colombiano quiere algo que el Estado con la ayuda del sector privado está en condiciones de hacer, y para lo cual la guerra es un obstáculo mayor que lo vuelve imposible: llevar a él la equidad a través de la modernización. Que haya habido que echar bala por 50 años para llegar a esa conclusión civilizada es una responsabilidad histórica que habría que establecer. Al final, el triunfo de las Farc es sobre sus mayores enemigos: quienes mantuvieron el campo colombiano en el atraso.

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