¡Que viva la música!

Noviembre 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La permanencia en el tiempo del libro ¡Que viva la música!, publicado en 1977, se debe a su carácter precursor. El mundo que describe Andrés Caicedo, el descubrimiento por la pequeña burguesía caleña de los años setenta de hábitos y costumbres populares mezclados con influencias norteamericanas, el rock, la salsa y las drogas, iba a ser un rasgo distintivo de esa época y las que le siguieron. Más que una novela en el sentido convencional, el libro es un relato testimonial ininterrumpido, deshilvanado y demoledor, que termina con una declaración de principios basada en la rebeldía, la violencia y la autodestrucción como proyecto de vida, asumido conscientemente y sin remordimientos.Escrita en un lenguaje coloquial pero correcto y reflexivo, como corresponde a la buena educación de su protagonista, María del Carmen Huerta, la obra narra su descenso al noveno círculo del infierno: no tanto el del estrato social como el de la violencia gratuita, la promiscuidad sexual, las drogas psicotrópicas y la rebeldía sin causa. La existencia como una manera de morir. La irresponsabilidad como bandera. La amoralidad como dogma. Su título es una amarga contradicción: la música festiva como fondo de una tragedia personal. Es el más desolador documento existencialista de la literatura colombiana, en el cual se adivina el prematuro y trágico final de su autor. En ritmo de salsa.La película basada en el libro, dirigida por Carlos Moreno, que se estrena en Colombia, es una versión bastante ajustada de la historia original. El único reparo que podría hacérsele es precisamente que no se aleja suficientemente del texto literario y lo convierte en una narración en off que trata de explicar lo que sucede en la pantalla. Al cambiar de lenguaje el cineasta debe tratar de reproducir en imágenes lo que el escritor quiso decir con palabras, no en superponer las palabras a sus imágenes.Un espectador de hoy, que no haya leído el libro de Andrés Caicedo o que lo haya olvidado, se va a sorprender por la brutalidad visual de la película. Pero cada una de esas escenas está descrita o sugerida en el libro: los excesos sexuales, los delirios psicodélicos y la violencia sádica. La inadaptación. Es curioso cómo los críticos no han hecho un paralelismo entre el libro y la ‘Naranja Mecánica’, la película de Stanley Kubrick estrenada en 1971, conociendo que la gran pasión de Caicedo era el cine. Alex DeLarge el protagonista de la novela de Burgess llevada al cine por Kubrick, está obsesionado también por la violencia, las drogas, el sexo y la música. La música es Beethoven no Richie Rey, la ciudad Londres no Cali, pero la misma época y la misma actitud: una lucha sorda sin recompensa contra el mundo. Y que viva la música.Rica visualmente, con excelente fotografía y montaje, no se puede decir lo mismo de los jóvenes actores no siempre tan convincentes. María Paulina Dávila, quien representa a María del Carmen Huerta, es una actriz nueva que hace un papel decoroso cuya principal virtud es su estupor en hacer todo lo que hace. Es como si tanta transgresión se hiciera no con alegría o con rabia sino con indiferencia. Como lo dice María del Carmen en su testamento final. “Tu enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión”. Libro y película recogen con fidelidad ese fracaso generacional.

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