Puertas entreabiertas

Enero 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El discurso anual que sobre el estado de la Nación pronuncia el Presidente de Estados Unidos ante el Congreso en pleno, es una ceremonia cuidadosamente coreografiada, cuya transmisión televisiva es un elaborado compendio de cómo deben manejarse los medios para producir el mayor efecto político. En la celebrada el martes pasado, el presidente Obama se centró en la política doméstica, presentando de hecho su programa para la reelección presidencial del próximo noviembre y su punto principal fue la creación de empleo. Planteó un argumento que toca a los países involucrados en la celebración de tratados de libre comercio: se darán todos los estímulos necesarios para empresas que traigan a Estados Unidos empleos que ahora están en el exterior o que los creen en el país y no en el exterior. Puso a Colombia, Panamá y Corea del Sur, países con los cuales Estados Unidos ha firmado tratados de libre comercio, como ejemplos de mercados que deben contribuir con el aumento de sus importaciones a la creación de empleo en Estados Unidos. Si eso no es preocupante nada lo es.Un ejemplo que viene como anillo al dedo de los riesgos que conllevan los tratados de libre comercio es la polémica que se ha desatado por la inminente firma del TLC entre Colombia y Corea del Sur en lo que se refiere al mercado automotriz. Es como un callejón sin salida. Es claro que el esfuerzo enorme que se ha hecho en Colombia para establecer ensambladoras de automotores podría verse gravemente afectado por la competencia coreana que produce vehículos más baratos y de más avanzada tecnología; pero es igualmente cierto que el consumidor colombiano podría verse beneficiado con mejores vehículos a mejor precio. También es cierto que el sector automotriz debía haberse preparado mejor para la inevitable apertura del comercio internacional y que su retrasado desarrollo tarde o temprano podría sacarlo del mercado sin que haya una justificación social para que sea protegido, es decir, subsidiado por el Estado; pero también es cierto que la apertura de ese mercado ocasionaría una gran pérdida de empleos nacionales calificados.Y sobre esos argumentos encontrados que son de carácter tecnológico y de correcta asignación de recursos escasos, flota la nube negra de la tasa de cambio. Corea del Sur, no sólo ha hecho un esfuerzo estatal y privado gigantesco para fortalecer sus exportaciones de automotores, sino que la clave de su política monetaria ha sido la devaluación de su moneda que le permite competir internacionalmente con comodidad. Mientras Colombia ha vivido una continua revaluación de la suya. En cifras gruesas, la moneda coreana está devaluada en un 40% y la moneda colombiana está revaluada en un 10%, frente al dólar norteamericano. Es decir que si las condiciones tecnológicas de la industria automotriz fueran las mismas, un automotor coreano valdría de todos modos un 50% menos en el mercado internacional que uno colombiano. Y en el mercado colombiano pasaría lo mismo si se suprimen los aranceles por un tratado. El mundo está abierto quiéralo uno o no. Pero la decisión de participar en esa aventura no es universal. Ha sido irritantemente prudente en los países que han querido proteger su mercado interno y a la vez impulsar el comercio exterior. Corea del Sur es un ejemplo sobresaliente de ello. Y ahora parece que Estados Unidos, el campeón del comercio internacional, se orienta también por ese camino. ¿No será mejor dejar la puerta entre abierta?

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