Premio de consolación

Enero 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Ahora resulta que Cali es una ciudad turística y su principal atractivo, recomendado por un periodista salsómano del New York Times, para complacencia oficial, es la salsa. Una ciudad sin mar, sin rastros culturales precolombinos de importancia, sin centro histórico colonial, sin grandes monumentos, con altos índices de desempleo y violencia, con su administración pública en quiebra, con el grueso de su fuerza laboral trabajando en la informalidad, con su estancamiento industrial, con su amarga herencia del narcotráfico, aún no liquidada, resulta consagrada como un destino internacional porque hay unos cuantos bares donde se toca y se baila salsa. Y no se sabe si agradecer o no al periodista, porque a cualquiera le hubiera interesado más que se hablara de Cali como una ciudad modelo en su administración pública, su cohesión social, su pujanza empresarial, como hay tantos ejemplos alrededor del mundo de ciudades exitosas: Curitiba, Guayaquil, Atlanta, Liverpool, que se han reinventado y se han convertido en centros importantes de actividades productivas, con lo que ello significa para la prosperidad de sus habitantes. Resulta políticamente correcto especular sobre las enormes potencialidades de la industria de la salsa, sobre la proliferación de escuelas de salsa en los barrios marginales, sobre los excelentes bailarines que produce el proletariado local, personas extremadamente jóvenes capaces de llevar el acelerado ritmo y de ejecutar las acrobacias, que son el aporte caleño a la salsa, quienes encuentran en el baile una manera creativa de expresarse y una oportunidad laboral. Todo ello santo y bueno. Pero que ese sea el principal logro de la ciudad, su identidad cultural, su marca de fábrica ante el mundo, su visión estratégica, sí es un asunto más serio de lo que parece. Soñar con que en unos pocos años el Salsódromo será como el Sambódromo del Carnaval de Río, no cuesta nada. Lo que sí cuesta es la comparación brasileña, porque es lo mismo que decir que el modelo de ciudad que se quiere es el de Río de Janeiro, esa sí la Sucursal del Cielo, con la bahía y las playas más bellas del mundo, y el culto al cuerpo de sus bronceados habitantes, todos al servicio del turismo internacional, mientras desde las colinas inmediatas los miserables de las favelas contemplan el espectáculo; en vez del de un centro industrial y de servicios, con atractivo para los inversionistas, como Sao Paulo o Curitiva, menos dedicadas a la rumba, pero con mayor calidad de vida para el grueso de sus habitantes.No se trata de hacer una diatriba contra la salsa, que es tan grata de bailar, ni contra las escuelas de salsa que han organizado productivamente un fervor popular, ni contra la hipérbole de la publicidad oficial, que presume de estar remodelando el cielo, sino un cordial llamado de atención sobre cuál debe ser el orden de prioridades de una ciudad, no sólo en el terreno productivo, sino también en el cultural. Da la impresión de un tono frívolo que permea todas esas políticas y actividades, que sobrevalora la salsa, a falta de cosas mejores, como una especie de premio de consolación para figurar de alguna manera en el mapa, y que deja en la trastienda de los sueños la idea de una ciudad modelo de convivencia y productividad, basada en la laboriosidad y el esfuerzo, no en la rumba, en la que se creía hace ya medio siglo, pero de la cual al parecer sólo queda, como en el bolero, lo que pudo haber sido y no fue.

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