Politiquerías

Abril 08, 2017 - 12:33 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En las elecciones de 2014, en el Senado de la República que cuenta con 102 escaños, el Partido de la U obtuvo 21, el Centro Democrático 20, el Conservador 18, el Liberal 17, Cambio Radical 9 y el Polo Democrático, el Verde y Opción Ciudadana 5 cada uno. En la Cámara de Representantes con 166 escaños, el Liberal obtuvo 39, la U 37, el Conservador 27, el Centro Democrático 19, Cambio Radical 16 y alianza Verde y Opción Ciudadana 3 cada uno. Si ese mapa político se mantuviera, sólo los partidos Liberal, Conservador y de la U podrían arriesgarse solos en el 2018 a pasar a la segunda vuelta de la elección presidencial.

Empero, en la primera vuelta presidencial de 2014, la Unidad Nacional, conformada por los partidos Liberal, de la U y Cambio Radical, tres de los cinco grandes, obtuvieron el 26% de los votos cuando tenían el 46% del Senado y el 55% de la Cámara; el Centro Democrático el 29% de los votos, cuando tenía el 19% del Senado y el 11% de la Cámara; el Conservador el 15% de los votos cuando tenía el 17% el Senado y el 16% de la Cámara; y el Polo Democrático el 15% de los votos cuando tenía el 5% del Senado y el 2% de la Cámara. Todos los candidatos, menos el Presidente y el del Partido Conservador, obtuvieron votaciones muy superiores a su representación parlamentaria. Es decir, que el resultado de la elección parlamentaria no garantiza la elección presidencial porque este es totalmente alterado por el peso del voto de opinión en la primera vuelta. Son las coaliciones luego de esa primera vuelta las que definen al ganador.

Así que la pregunta a hacerse es: ¿Qué posibilidades de ganar la elección presidencial de 2018 tiene el candidato del partido de gobierno si este adolece de baja popularidad y ha ejercido el poder por 8 años, en un país polarizado por sus políticas? Si la guía son los antecedentes descritos, casi ninguna, por más virtudes que tenga el candidato y por más apoyos políticos que consiga.

El gobierno Santos ha realizado un esfuerzo descomunal por poner a la cabeza de la agenda política el proceso de paz con las Farc, lo ha sacado adelante contra la voluntad de la mitad de los votantes, ha iniciado una serie de reformas institucionales cuyo espacio de realización abarca más de un decenio, ha logrado el apoyo de una variopinta coalición ideológica. Ese trabajo ha sido tozudo, serio, visionario, técnicamente impecable, pero se enfrenta con el obstáculo de una inmediata elección presidencial llena de prevenciones donde se exigirán resultados inmediatos. El proceso de paz es importante y no tiene reversa, pero colocarlo como la prioridad de la elección presidencial es ponerlo en peligro. Hay que mantenerlo, ajustando eso si las prioridades de la campaña presidencial a las reales necesidades de la gente.

Las dos vueltas pulverizan la coalición de gobierno porque todos sus candidatos se sienten con posibilidades de pasar a la segunda vuelta, lo cual condena al fracaso las consultas multipartidistas previas. Además, nuevos espacios de opinión se abren para un debate que se adivina pugnaz contra quienes han manejado la política en los últimos 16 años, dada la rampante corrupción pública. El tío Baltasar dice que a quienes se partieron el lomo negociando el proceso de paz les van a hacer estatuas en la próxima generación pero es improbable que con esa sola bandera ganen las próximas elecciones.

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