Poderes mágicos

Diciembre 11, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Rescata Mario Vargas Llosa en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, el poder de la palabra. La varita mágica que maneja el escritor, ese pequeño dios, creador de otros mundos llenos de pasiones y aventuras, que se parecen al nuestro pero que son mejores que el nuestro porque son una ficción que se acomoda a nuestras debilidades y deseos. Y es oportuno ese rescate porque la magia del mundo contemporáneo se ha refugiado en las artes visuales, particularmente en el cine. La magia es hoy un efecto óptico, un juego audaz de la luz hecho para engañar al ojo, trompe l´oeil, que dicen los franceses; o un efecto especial, que es la manera como el cine nos arranca de la vida cotidiana y convierte lo imposible y lo fantástico en una imagen real que entra a formar parte de la realidad misma, tan prosaica, enriqueciéndola.Y contra todo ese aparato tecnológico ante el cual sólo cabe el deslumbramiento, la figura del escritor con su papel y su lápiz, es una antigualla, un borroso recuerdo histórico de tiempos remotos donde reinaban otras tecnologías y había personas que leían, no solamente personas que miraban. Vargas Llosa, quien ha sido un creador de personajes de ficción a quienes les suceden asuntos de gente corriente, a veces en circunstancias excepcionales, no ha sido un escritor de fantasías. Sus historias están arraigadas dolorosamente en la realidad social y política, ha sido un severo cronista de su tiempo, y su obra bien puede calificarse como una soberbia diatriba contra la opresión, la explotación humana, las dictaduras. No suceden aventuras, ni sucesos prodigiosos en sus libros, pero todos ellos están basados en las lecturas aventureras y prodigiosas que descubrió cuando aprendió a leer, el acontecimiento decisorio de su vida.Va más allá. Propone que la ficción literaria es un arma de lucha contra la injusticia. Es decir le devuelve a la palabra su poder real. Pero no a la palabra del discurso político, o de la denuncia judicial, sino a la palabra inventada del escritor, que se libera de las ataduras de la realidad para impugnarla, para remover asuntos enterrados que han sido la vergüenza de la especie humana: la Guerra de Canudos, la explotación belga en el Congo, las miserias de las dictaduras peruanas, que después de él ya no serán olvidadas. Vargas Llosa reivindica en su discurso, que es a la vez sentimental y crítico, personal y político, y maravillosamente escrito, la figura del escritor comprometido: la obra de ficción no puede desligarse de su entorno; narrando historias viejas o nuevas, históricas o inventadas, el escritor está atado a un compromiso ético con las verdades de su tiempo, con la denuncia de todo aquello que atente contra la dignidad humana, con la exaltación de lo que la dignifique: los grandes actos heroicos, los pequeños sacrificios cotidianos, las historias de amor. “El Elogio de la Lectura y la Ficción” describe los anclajes del escritor. Sus influencias literarias: Cervantes, Balzac Dickens, Tolstoi Thomas Mann, Faulkner. El Perú, que es la patria entrañable a la cual siempre se vuelve y la cual siempre se narra; el patriotismo como sentimiento noble y no el nacionalismo como baja pasión. Su ideología política, que venía de la izquierda romántica de los años sesenta y se estrella contra la vulgaridad, la crueldad y el fracaso de las dictaduras socialistas; Cuba como tragedia, Venezuela como comedia. Y al final, el hombre comprometido sólo con la libertad, que no es una ficción.

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