Perros y musulmanes

Perros y musulmanes

Septiembre 04, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Una encuesta realizada en Estados Unidos por la Universidad de Beloit, en Wisconsin, entre estudiantes que están a punto de iniciar su educación superior, acaba de revelar que algunos de ellos creen que Beethoven es un perro y no tienen memoria alguna de eventos históricos recientes que han cambiado el mundo en el que vivirán. La historia, que no es de su interés en lo absoluto, comienza y termina con ellos. De otra parte dos encuestas, una de la revista Time y otra del centro Pew revela que un porcentaje de norteamericanos que llega al 20% cree que el Presidente Barack Obama es musulmán. Es decir, que la ignorancia no conoce límites en el país más poderoso del mundo, cuyo poder está basado en el control del conocimiento. Ni la ingenuidad tampoco.Naturalmente, no se trata de saber que Beethoven es compositor o Barack Obama cristiano, sino de haberse maravillado con la música del primero o haber entendido la importancia del derrumbe de los prejuicios más arraigados de la sociedad norteamericana, que significa la presencia de un hombre de color, de padre musulmán, en el cargo de Presidente de Estados Unidos. O sea, no tanto de ser alguien informado sino alguien culto, que es de lo que trata la educación. Mejor no tratar de averiguar el nivel de conocimientos de los bachilleres colombianos que aspiran a la educación superior en temas muy específicos, aunque se conoce sobre su pobre desempeño en comprensión de lectura, que los convierte en analfabetas funcionales; en matemáticas, que les impide acercarse adecuadamente a las disciplinas científicas; y en inglés, que les impide comunicarse con el resto del mundo. O sea una especie de autistas, autosuficientes en su minúsculo mundo interior, pero pobremente equipados para adaptarse al mundo real. Y menos, averiguar si sus padres creen que Simón Bolívar era boliviano, pues la ignorancia de la juventud perdura en la edad madura.El hecho tozudo es que la alta deserción estudiantil en los primeros semestres universitarios, que es común a las universidades públicas y privadas, y llega al 40%, es el más monstruoso desperdicio de recursos, de ilusiones frustradas, de inteligencias potenciales, que pueda imaginarse. Las cifras oficiales de aumento de cobertura en el acceso a la educación superior que enarboló el pasado gobierno como una de sus más flamantes banderas, debería cruzarse con la cifra de estudiantes graduados en estudios profesionales, para entender varias cosas: primero cuánto cuesta realmente un graduado universitario; segundo, cuáles son las causas de la deserción universitaria; y tercero, cuáles de esas causas pueden ser corregidas por las universidades. Porque el tema de la escasez de recursos sale siempre a relucir y es real: muchos estudiantes no pueden continuar en la Universidad porque no tienen dinero o deben ir a ganarlo. Pero eso es sólo una parte del problema. De pronto, el asunto de fondo está en la preparación de los bachilleres, cada día más jóvenes, con hogares más disfuncionales, con conocimientos más mediocres, con valores más utilitarios, con menos referencias culturales comunes con sus profesores. La universidad en vez de convertirse en una fuente de oportunidades es una pared de piedra a la cual habría que abrirle una puerta. El trabajo conjunto adelantado entre la Universidad del Valle y la Alcaldía de Cali, denominado Plan Talentos, para integrar jóvenes bachilleres de bajos ingresos a la comunidad universitaria, apunta correctamente en esa dirección.

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