Paraísos perdidos

Junio 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La diatriba de Mario Vargas Llosa contra la cultura contemporánea tiene por título ‘La Civilización del Espectáculo’, que resume muy bien su idea de que los medios de comunicación han trivializado de tal modo la vida moderna que su principal víctima es la actividad intelectual seria, profunda, creativa, disciplinada, entrenada, que ha producido en el pasado grandes obras maestras en todas las artes. La Cultura, con mayúsculas, destruida por la trivialización de lo cultural. El ensayo, brillante y muy bien escrito como corresponde a un prolífico y excelente autor, Premio Nobel de literatura, es sin embargo un amasijo de contradicciones y nostalgias. Para empezar parecería que Vargas Llosa entiende que cultura y civilización son la misma cosa, como se desprende del título de la obra, pero a renglón seguido define la cultura, como lo harían los intelectuales del Siglo XIX: el conjunto de las más reconocidas obras de arte, patrocinadas y producidas en espacios minoritarios, intocadas por el gusto popular, de algún modo inmortales en su delicioso parnaso. La gran cultura de las elites, nacida siempre en sociedades cerradas, por contraposición a la vulgaridad de la civilización. Y la civilización es todo lo que no le gusta: la masificación de las oportunidades, la irrupción de las multitudes en las decisiones, el mínimo común de la cultura colectiva, el consumismo a ultranza, hechos posibles por la globalización y la internet.Se le escapan la enorme revolución cultural internacional que esos fenómenos crean y la alta cultura que se gesta muy seguramente dentro de esa montaña de innovaciones y transgresiones sociales, y de basura valorizada por la avalancha mediática; la libertad sexual que en su opinión acaba con el erotismo, que era una importante conquista cultural; el desapego a la religión, que en su opinión aportaba la energía espiritual para la creación humanística; la ruptura de la discreción informativa sobre las decisiones políticas, que en su opinión era lo que les daba la posibilidad de ser exitosas; los avances tecnológicos, que deshumanizan. En fin, un mundo sin ataduras que arrasa con su curiosidad y sus acciones amorales, toda la tradición, incluyendo la alta cultura, que ya no podría producirse en esas condiciones. Los ancianos de la tribu podrían haber dicho lo mismo, olvidándose de las pilatunas de su juventud, y sin tanta erudición: todo tiempo pasado fue mejor.Sólo que no es así. El balance del mundo contemporáneo bien puede plantearse también a favor de la civilización y eventualmente a favor de la alta cultura. La libertad sexual puede entenderse como un extraordinario proceso de liberación femenina y de respeto por los derechos de las minorías sexuales; la pérdida de poder de las iglesias como el fenómeno político social más importante de la vida moderna pues ha sido la garantía real de los derechos individuales; el poder de la prensa, como un control que los poderes públicos habían perdido, con un poder fiscalizador que es quizás el puntal más reconocido de una democracia real. Una civilización contemporánea lo es en la medida en que se acerca a esas conquistas. En ese mundo nuevo los pensadores tienen una agenda, presidida por la conservación del medio ambiente y la extensión de la democracia, lejos de la reflexión sobre el ser y la nada, y los artistas con seguridad unas obras maestras que el tiempo se encargará de depurar. Como le pasó a Brancusi y a Calder, a Beckett y a Ionesco, a Miró y a Picasso nacidos todos de la confusión, de los tiempos pasados que nunca fueron mejores.

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