Negret

Negret

Noviembre 10, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La muerte física de un artista es un evento sin importancia, sobre todo si ocurre mucho tiempo después de que se ha ganado la vida eterna con su obra. Es un tránsito que tiene el carácter de lo corriente, de lo que a todos sucede, y sirve sólo para volver a recordarle a la especie humana, que todo lo olvida y todo lo destruye, lo que va quedando de valor, lo que se atesora y se hereda: la cultura. Ante los cuadros de la estupenda exposición de Luis Caballero en la sala Banco de la República en Cali, que resume en pocas obras todas sus épocas, trabajo que nace del arte moderno y se refugia en un perfecto barroquismo que hubiera admirado Caravaggio, cabe preguntarse hasta dónde hubiera llegado el pintor, muerto en plena madurez, luego de esa explosión de poderosos cuerpos masculinos que se mezclan y retuercen en una contorsión que es al mismo tiempo la del placer y la de la muerte. Queda el sabor amargo de una pérdida irreparable.No sucede lo mismo con el tránsito de Edgar Negret, muerto de muy avanzada edad, perdido hace años en las brumas del Alzheimer, luego de haber realizado una obra excepcional que nace también de la era industrial y termina refugiada en los soles y las lunas que alumbraron sus ancestros precolombinos. De él queda la impresión de una búsqueda tenaz, con un material duro y poco maleable, con el cual alcanza la levedad. Una obra terminada. Negret y su generación son un escándalo para los ojos recatados de los colombianos de mediados del siglo pasado, cubiertos con el velo de lo convencional y lo clerical. Él sólo reinventa la manera como se va a percibir el desarrollo industrial entre nosotros, la secreta belleza detrás de las máquinas, detrás de los metales de fundición, detrás de las tuercas y tornillos de las líneas de ensamblaje, del trabajo colectivo. Es él quien concibe la forma y el taller de artesanos expertos que corta, dobla, pule, pinta y ensambla, quien la ejecuta. El resultado de esa colaboración es poner una técnica industrial al servicio de la creación artística, y una vez dominada, crear un mundo propio, un estilo propio de abstracción que pronto termina anclado en las formas básicas de las cosas de la naturaleza.Esa ancla es lo precolombino, lo nuestro. Termina Negret construyendo un paisaje auténtico, lejos de lo puramente geométrico, pero sometido a las normas de la geometría, como la naturaleza misma. Su obra es la esencia de lo que nos rodea: las montañas, los árboles, la luna y el sol, quizás más evidente para los ojos de las nuevas generaciones acostumbradas a la simplicidad de cosas que funcionan de modo complejo. Importante volver a ver esa obra en Cali, donde el artista estudió y vivió, para que los jóvenes de la era posindustrial la conozcan y la lean como si fuera el esqueleto de un dinosaurio tostándose al sol: algo grande y sagrado de tiempos antiguos que hizo posible la estética en la cual ahora se mueven inadvertidamente. El tío Baltasar quien conoció al maestro y lo admiró sin entenderlo, dice que el anuncio del Alcalde de Cali en el decreto de honores a Negret con motivo de su tránsito sin importancia, de que habrá una exposición de su obra el año entrante en la ciudad es un reconocimiento obligado de Cali, donde se sucedió toda una revolución industrial, al artista que sin que nadie lo supiera entonces, fue capaz de interpretarla en su dureza, en la energía desatada, en el peso agobiante de sus metales y en la ligereza de su manejo. Quizás en sus sueños.

VER COMENTARIOS
Columnistas