Mundos paralelos

Noviembre 21, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Hay un mundo donde las personas pueden casarse o divorciarse sin distingo del sexo de los contrayentes; adoptar hijos si así lo quieren, amarlos y educarlos a su mejor saber y entender, sin garantías de que esa tarea vaya a ser exitosa; y adquirir todos los derechos de amparo, seguridad social y sucesión, que la ley otorga. Construir una familia funcional o disfuncional, convencional o irreverente, responsable o atrabiliaria, amorosa o distante, con miembros exitosos o fracasados, como lo han sido todas las familias desde siempre.Hay un mundo donde las parejas que no pueden concebir un hijo por el placentero aunque sobrestimado método natural, pueden fecundar un óvulo in vitro, con semen del miembro masculino de la pareja o de un donante, conocido o anónimo, mantenerlo congelado e implantarlo a su conveniencia en el miembro femenino de la pareja o en un vientre de alquiler. El hijo resultante de ese procedimiento tan propio como los hijos del amor o de la obligación. O si lo prefieren cambiar de sexo.Hay un mundo donde las personas pueden creer en Dios o no hacerlo, rezar en su intimidad o en los templos. Convivir con personas que adoran dioses muy distintos o que tiene ideas extravagantes sobre la vida eterna, que probablemente ni siquiera exista; que afirman que Dios es otro nombre para las leyes de la física, o que la Biblia es un exacto recuento del proceso de la creación de mundo y del hombre. Y no por ello se desatan entre los vecinos guerras de religión, que más parecen sangrientas guerras de sucesión dinástica sobre quién es el verdadero heredero del poder terrenal del Creador. Hay un mundo donde las mujeres tiene los mismos derechos que los hombres: educarse en los mismos espacios, cambiar de pareja, vestirse o desvestirse como les plazca, trabajar como iguales, recibir el mismo salario, vivir con independencia económica y social del marido, sin estar obligadas a seguirlo ni a obedecerlo ni a soportarlo. Las evidencias no indican que esos matrimonios sean los más duraderos, pero en ese mundo la duración del matrimonio, que es un contrato cada vez más escaso, no es algo que se valore demasiado. Hay un mundo donde el aborto antes de que el feto se considere viable, es una consecuencia del derecho de la mujer a disponer de su cuerpo y donde la idea de que la interrupción de la gestación antes de ese momento es un asesinato, no tiene asidero científico alguno. Y un mundo donde una persona puede solicitar a una junta médica que autorice su eutanasia porque considera que ya no quiere vivir más o no puede valerse por sí misma. Allí los valores absolutos ya no existen.Hay un mundo donde la libertad de expresión es la base misma de la sociedad, con todo y sus exageraciones, y no hay espacio para censurar opiniones o creencias. Donde la moral es un asunto privado y la ética un asunto público.Y esos mundos conviven en paralelo con otros donde los Estados son confesionales y es la Ley de Dios la que se aplica en los tribunales; donde las guerras de religión son el pan de cada día; donde las mujeres están sometidas en su hogar, en su trabajo, en sus derechos, al dominio total de los hombres; donde la ciencia es considerada una blasfemia, la educación un peligro y la censura una norma. ¿A qué mundo pertenecemos los colombianos que presumimos de modernos en medio de un océano de recalcitrantes prejuicios?

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