Mujeres en el limbo

Septiembre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

“Hay muchos mundos pero están en éste”, es el verso más célebre de Paul Éluard con el cual quiso decir que todos los misterios nos rodean. Pero podría interpretarse también como la convivencia en el tiempo de realidades opuestas: la tolerancia y la intransigencia, el dogma y la crítica, los derechos y la opresión. Las señoras suecas cuya demanda fue aceptada por la justicia de su país, contra Julian Assange, fundador de WikiLeaks, por violación, acoso sexual y coerción ilegal, por haber tenido con ellas relaciones sexuales consentidas, en algunas de las cuales no utilizó preservativo, lo cual pudo exponerlas al contagio del Sida, enfermedad que no se sabe si Assange padece, viven en un mundo por completo ajeno al de las jóvenes vírgenes de algunos lugares de África, que son violadas por hombres contagiados de Sida porque existe la creencia que ese es un método seguro de curación de la enfermedad. Las bellas jóvenes españolas que se asolean semidesnudas el Viernes Santo en las playas de Barcelona, cuando apenas calienta el sol, allí donde hace un siglo las mujeres desfilaban todas de negro hasta los pies vestidas rumbo a la Catedral para los oficios de la muerte de Cristo, viven en un mundo por completo ajeno al de la mujeres de Afganistán, cuyos hombres combatieron con éxito a los dos grandes imperios de nuestro tiempo, Rusia y Estados Unidos, sólo para que ellas tuvieran que volverse a poner la burka, esa túnica oprobiosa que les deja sólo una rejilla para mirar y que las protege de la lascivia masculina. La mujeres de Europa Occidental, para quienes el aborto es un derecho indiscutible que hace parte integral del derecho a disponer de su propio cuerpo, de modo que el tema ya ni siquiera hace parte del debate político, viven en un mundo por completo ajeno al de las mujeres latinoamericanas que tienen que abortar clandestinamente, en condiciones lamentables de higiene, para no ir a la cárcel como asesinas. Las mujeres que utilizan los servicios de los rent boys, que se encuentran en la guía telefónica de Nueva York para satisfacerse sexualmente viven en un mundo por competo ajeno al de las jóvenes indígenas de las tribus somalíes a quienes les practican la ablación del clítoris para evitarles las tentaciones de la carne. ¿Dónde está la mujer colombiana en esos mundos que parecen pertenecer a planetas distantes? En el limbo. En Colombia sería casi inimaginable que un juez acepte un caso de violación sexual donde el agresor sea el compañero permanente o el esposo de la víctima; asolearse con los senos al aire sería una conducta impropia sancionada por la Policía; la cárcel sería el destino de la que sea sorprendida practicándose un aborto. La mejor expresión de ese limbo es la despenalización del aborto, hecha por la Corte Constitucional no por el legislador, para tres casos específicos: cuando el embarazo es producto de una violación, cuando hay peligro para la salud física de la madre y cuando hay graves malformaciones o graves problemas de salud del feto. Ese tímido y obvio paso se ha encontrado con una muralla de resistencia moral de parte de quienes aceptan como un dogma el principio católico de que la vida comienza con la concepción y termina en la muerte. El extremo delirante de esa postura moral es considerar abortivos algunos métodos de prevención del embarazo. Y quien lo dice no es una monjita de clausura sino el Procurador General de la Nación. Su rectificación no es la salida del limbo sino la confirmación de que en él estamos.

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