Muebles y enseres

Diciembre 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Son las cosas que van quedando, sobrevivientes al naufragio del tiempo por haber estado protegidas por patrones poderosos u ocultas en bóvedas seguras. O por pura casualidad: salvadas de milagro de la codicia de los Conquistadores, o de la ambición de los oidores o de las necesidades de la guerra. El precio de algunas es irrisorio pero su valor es elevado, porque está referido a la historia de la ciudad, asaz modesta pero nuestra. No es muy grande el patrimonio mueble de Cali que tiene significación histórica, la categoría de bien cultural y un valor intrínseco, para convertirse en un referente de la memoria colectiva, como corresponde a una comunidad que nunca ha sido poderosa, por donde nunca ha pasado el poder político y cuya riqueza estuvo vinculada en el pasado a la tierra no a la minería, ni al tráfico de esclavos, ni a la repartija de rentas públicas, que llevaron prosperidad a otras ciudades como Popayán, Cartagena de Indias, Santa Fe de Bogotá.Lo que hay es el rastro dorado de los indígenas precolombinos que adornaban sus ídolos con el oro trabajado a la cera perdida, que también servía a los caciques en las grandes ceremonias. Y todo un mundo de imágenes sorprendentes atrapadas en el barro: serpientes, fieras, pájaros, el hombre mismo, la mujer encinta, los símbolos de la fecundidad, del poder, de la fragilidad humana que rinde homenaje a los dioses con la esperanza del amparo. Luego el rastro barroco y místico de la imaginería colonial y la extravagante utilería del culto católico. Santos y vírgenes, muchos de ellos originarios de los talleres artesanales de Quito; cálices, báculos, sagrarios, custodias y ornamentos, de plata dorada. Cómo debió haber brillado todo aquello en la penumbra de las iglesias. Y a la par, la larga galería de los retratos oficiales de la República que adornan los edificios públicos y que son todo lo que aquellos patricios de bigote y cuello de pajarita no fueron. Adocenados en el rito póstumo que no refleja la intensidad de sus luchas y sus pasiones. Finalmente, rompiendo esa serena armonía de próceres y santos, el registro estelar de la irrupción del arte moderno en la colección de La Tertulia, que cuenta con realismo y energía, desde la estética y desde la crítica, la descomunal transformación de la villa noble y leal en gran ciudad.Carmen Cecilia Muñoz, Carlos Mario Recio y Erica de la Fuente, historiadores, acaban de publicar, con el patrocinio de la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali y la Universidad del Valle, de donde son egresados, dos volúmenes de la ‘Historia, memoria y patrimonio mueble en Santiago de Cali’, en los cuales hacen una selección, con los criterios del historiador, de los objetos que van quedando por allí del quehacer cotidiano caleño de tantos siglos y de las instituciones que los acogen, haciendo de paso el inventario de los inmuebles de grata recordación. Incluyendo los que ya no existen: el Batallón Pichincha, el palacio de San Francisco, el claustro de Santa Librada. Es un enorme esfuerzo de documentación, compilación y selección, basado en el ya realizado en 1998. Lo que aparece al recorrer sus páginas tiene la modestia de una sociedad dedicada al trabajo, de creencias simples, que de tanto en tanto se adornaba de lujos colectivos para parecer más cosmopolita. Es al mismo tiempo la historia oficial y el toque entrañable de la pertenencia: el retrato imperturbable del viejo gobernador y la imagen del santo al que rezaba la abuela.

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