Mandela, el terrorista

Junio 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En 1962, Nelson Mandela es condenado a cadena perpetua por sabotaje. Pasará los siguientes 27 años en la cárcel. No es un fallo injusto puesto que es responsable de lo que se le acusa y de muchas otras cosas más, como líder del grupo guerrillero Lanza de la Nación, Umkhonto we Sizwe, brazo armado del Congreso Nacional Africano, CNA, que busca la abolición del régimen del Apartheid, impuesto por el Partido Nacional Sudafricano, en el poder desde 1948. La justicia de su causa lo convierte desde la cárcel en una personalidad internacional, no sin dejar de hacer mucho daño. En 1985 Pieter Botha, presidente de Sudáfrica le ofrece la libertad a cambio de la dejación de la lucha armada, que lleve a la terminación de los atentados terroristas que asolan al país, pero él la rechaza. Piensa que el instrumento del terrorismo lo ha llevado demasiado lejos para cambiarlo por una victoria personal. Solo sale de la cárcel en 1990 cuando establece un acuerdo con el presidente Frederik de Klerk para la terminación del Apartheid y la realización de elecciones con derecho a voto para los negros. Cuatro años más tarde es elegido Presidente. Durante su mandato, realiza una visita de Estado a Londres, de las dos que anualmente acepta el Reino Unido. La familia Real Británica, ese poderoso símbolo de dominación imperial, acompaña al antiguo terrorista a una recepción de gala en el Palacio de Buckingham. Mandela sentado en medio de la Reina Madre y de la Reina Isabel cierra con ese acto la parábola de su vida frente al poder. Luego sigue su consagración universal hasta su ocaso glorioso de hoy. La lección de Mandela es que el terrorismo no es una ideología sino un instrumento de lucha generado por la disparidad de las fuerzas en conflicto. Utilizarlo es una decisión política para la búsqueda de un objetivo político, asumiendo sus terribles consecuencias. Es un instrumento de guerra, que es por definición muerte y destrucción, y cuya utilización será juzgada por la historia, escrita por los ganadores. En el terreno ético, que es de la órbita personal, no hay ningún argumento, ni causa, que justifique la utilización de un medio tan aterrador para obtener un fin, así sea considerado muy justo. Pero en el terreno político, que es de la órbita social, ha sido uno de los recursos más socorridos. Cuando se llega un acuerdo para la terminación de un conflicto interno, lo único que no se puede hacer es judicializar el conflicto, es decir pretender que todos los que infringieron la ley penal paguen su culpa, especialmente los dirigentes, que son quienes van a firmar la paz. El reconocimiento de la naturaleza política de un conflicto coloca su solución por encima de la aplicación de las leyes ordinarias, lo cual no quiere decir que no haya mecanismos de justicia cuya aplicación haga precisamente posible la reconciliación. Por eso se hizo en Colombia, con espíritu visionario, la Ley Marco para la Paz, para que hubiera un sistema judicial transicional que permitiera un corte de cuentas con el pasado y un nuevo comienzo. El resto no es sino el aplazamiento de los odios y las venganzas.Mandela entra a la historia como un símbolo de nuestro tiempo porque su causa de la igualdad racial está en el corazón de la modernidad y su lucha ha hecho que un régimen segregacionista como el Apartheid no tenga una segunda oportunidad sobre la tierra. La solución de nuestro conflicto armado debería mirarse en ese espejo.

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