Lugares comunes

Junio 18, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La política, que es una ciencia inexacta del campo de la comunicación social, es también para bien o para mal, el arte de la simplificación. Existe un abismo entre las plataformas políticas construidas por expertos en distintos temas, con base en sesudos estudios o las políticas públicas que las concretan y la manera como esas plataformas o esas políticas son percibidas por los ciudadanos de a pie, que son los más.Por ejemplo, sólo las personas con una formación en derecho constitucional, penal o internacional, están en condiciones de entender a cabalidad la manera como se han desarrollado las conversaciones de La Habana para buscar una paz estable y duradera para Colombia. El debate ha sido principalmente legal, puesto que la negociación no es producto de una derrota militar que pudiera imponer un nuevo orden jurídico, sino que las Farc tienen que someterse a la legalidad existente, con los ajustes que haya que hacer, para que se sientan seguras en su nuevo entorno político, pero respetando la integridad de las normas internacionales y constitucionales.Todo el debate gigantesco y farragoso que ha habido sobre la negociación está basado en determinar la medida en que las normas vigentes pueden estirarse, por así decirlo, para lograr un resultado honorable para ambas partes. Ello ha llevado a grandes discusiones de derecho internacional, constitucional o penal, propias de especialistas, que son imposibles de entender por el grueso público. Así que tanto quienes apoyan el proceso como quienes se oponen a él han tenido que recurrir a simplificaciones no siempre ciertas ni afortunadas.La oposición del Centro Democrático, el único partido político que se opone totalmente a la negociación, ha bordeado peligrosamente los terrenos de la desinformación irresponsable para oponerse al proceso, diciendo en lugares comunes lo que el proceso no es pero parecería ser sino se explica bien: impunidad para crímenes atroces, sometimiento de la Constitución a la mesa de negociaciones, entrega del país al comunismo internacional (como si todavía existiera), afectación de la propiedad privada, legalización del narcotráfico, ni un día de cárcel para los guerrilleros, acuerdo sin desarme; en fin, las diez plagas de Egipto vistas como un renunciamiento de la sociedad colombiana a lo que le es más caro a nombre de una paz incierta.Pero la pedagogía del Gobierno es también un acervo de lugares comunes que habría que explicar en detalle: es mejor la paz que la guerra, con el acuerdo habrá más progreso y bienestar para todos los colombianos, no se está negociando el sistema político, habrá desarme guerrillero, la paz está a punto de firmarse (pero se aplaza una y otra vez). Y el asunto no tiene remedio de un lado ni del otro de modo que al final, si se llevara ese eventual acuerdo a la ratificación popular en una consulta o plebiscito, serán pocos los que leerán los extensos documentos, casi ninguno estará de acuerdo con todos ellos, pero su aprobación dependerá de quién haga la más poderosa campaña de lugares comunes.El tío Baltasar dice que en el fondo es más un asunto de confianza. Si la gente percibe que el Gobierno ha sido responsable en el manejo de las negociaciones acatará el resultado más o menos sin conocerlo. Si desconfía, por las razones que sean, votará en contra. Y añade el tío, que eso se reduce siempre la política.

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