Luchas

Marzo 26, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El paraíso perdido no existe. Al menos no en Colombia. Cuando con un dejo de nostalgia se habla de épocas en que existían entre nosotros sanas costumbres, comportamientos ejemplares de políticos, empresarios y matronas, campesinos respetuosos, dominio de los valores católicos, se cae en el peligro de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, cosa que casi nunca es cierta. Más allá de la versión oficial la nuestra ha sido una historia convulsionada plagada de actos violentos, de grandes conflictos colectivos, en la cual cada derecho duramente ganado ha sido producto de una rebelión. Sangre es lo que ha habido desde el Descubrimiento hasta ahora y a través de ese largo historial de violencia se ha ido construyendo un país mejor, más integrado, más incluyente, más participativo. En la conferencia inaugural del Doctorado en Historia Cultural de Colombia, de la Universidad del Valle, el profesor Fernán González S.J., investigador del Cinep, habló sobre las relaciones existentes entre la construcción del Estado en Colombia y las violencias históricas, que van desde el exterminio de los indígenas y la esclavitud de los negros, pasando por las guerras civiles, hasta la violencia política y el conflicto guerrillero. Su argumento central: las grandes reformas legales han sido producto de grandes conflictos sociales y en ese proceso el Estado colombiano se ha ido construyendo mediante la paulatina integración del territorio a partir de los centros urbanos y las grandes haciendas, desplazando a la gente del campo a zonas marginales. Como consecuencia, no ha habido una edad de oro de la sociedad colombiana sino una construcción del aparato estatal en medio de la violencia generada por la falta de solución al problema agrario.Con la visión de largo plazo de los académicos quizás pueda entenderse que lo que pasa ahora es sólo un episodio más de esa historia: una rebelión campesina inspirada en reivindicaciones sociales y económicas, que no una guerra civil, impulsada por procesos dramáticos de desplazamiento y concentración de la propiedad rural, agravada por la ausencia del Estado en las zonas de conflicto y financiada por las economías ilegales que esa ausencia genera. Esa visión de la historia quizás explique también que en la medida en que el Estado se ha fortalecido y las regiones colombianas, tan distantes y tan separadas geográficamente entre ellas, se han venido integrando en una red de ciudades, los conflictos sociales urbanos han sido más reducidos y han podido ser asimilados por el reformismo estatal.Hoy por hoy el conflicto armado colombiano es un conflicto rural marginal dentro de una economía mayoritariamente urbana relativamente próspera: una contradicción imposible de explicar a un observador lejano. Y es parte de un proceso de desplazamiento y asimilación que lleva siglos y permite alentar la esperanza de que pueda solucionarse por acuerdos nacionales como lo ha sido en el pasado: los criollos contra los descendientes de Don Pelayo, los indígenas contra las encomiendas, los negros contra los amos, los peones contra los terratenientes; los débiles, los oprimidos, las minorías, contra las clases dominantes aliadas con la Iglesia Católica y con los legisladores conservadores. Y todas esas luchas sumando pequeñas victorias aquí y allá, que son la verdadera historia de Colombia.

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