Los elegibles

Los elegibles

Marzo 14, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La política se ha definido como el arte de lo posible, para decir algo muy simple: no basta con desear que las propuestas y las dirigencias políticas sean adecuadas e irreprochables, sino que es necesario que a esas propuestas les haya llegado su momento y que esas dirigencias hayan sido reconocidas por la mayoría de la sociedad. Establecer el perfil del gobernante ideal es una tarea conveniente e irreprochable. Sirve para varias cosas. La primera, definir al gobernante ideal que una comunidad particular necesita en todos los niveles del poder local, regional y nacional, que tienen requerimientos distintos. La segunda, establecer la medida en que los aspirantes a los cargos de representación cumplen con ese perfil. Y la tercera, convertir al analista en una especie de autoridad moral, para descalificar a quienes no cumplen con sus mínimos estándares de calidad. Esa aproximación a la política es una fuente inagotable de frustraciones, porque en esos análisis siempre esta subyacente la idea de que la política no deberían hacerla los políticos, y que el gobernante ideal es aquel que más se aleje de los procedimientos, los acuerdos y las transacciones que son necesarios para ejercer con éxito el oficio de político. Para decirlo de otra manera, el gobernante ideal termina siendo aquel que tiene las menores posibilidades de ser elegido. Con esas definiciones ideales, el crítico limpia su conciencia ciudadana desde sus elevados patrones éticos y se lava las manos sobre los estragos por venir protagonizados por los gobernantes de carne y hueso.De pronto, sería mejor enfocar el problema desde una perspectiva diferente: analizar a los dirigentes políticos que por su trayectoria, su aceptación popular y sus propuestas tienen la posibilidad de ser elegidos y de entre ellos escoger al que tenga menos carencias y defectos. Es la teoría del mal menor, basada en que después de todo, desde que terminó el Despotismo Ilustrado y se estableció la democracia, el ejercicio de la política ha sido siempre una calamidad. Ahora bien, es preciso aclarar, para despejar las 50 sombras de cinismo que se desprenden de esa teoría, que la condición de elegibles la otorga la sociedad misma. Es decir, que una sociedad escoge los dirigentes que se merece y una sociedad bien educada, cuyo bienestar dependa menos de las dádivas estatales, donde el Estado sea una fuente menos importante de empleo, donde haya mayores mecanismos de participación comunitaria en las decisiones que directamente atañen al ciudadano, con mayor conciencia política, podría convertir en elegible a un ciudadano que se acerque más al perfil ideal de los académicos y las almas pías.No es el caso de Colombia donde la elegibilidad de los políticos se basa en mucho en la ignorancia de los electores. El margen de maniobra que queda es escoger a una persona elegible, sopesar sus virtudes y defectos, y obligarla a través de pactos ciudadanos previos a la elección, a unos compromisos elementales: la transparencia en el ejercicio de la función pública, la probidad personal, la idoneidad en el nombramiento de los funcionarios y la permanente rendición de cuentas. Sólo así, se podría comenzar a disminuir la brecha entre los perfiles y las realidades. Un experimento que bien valdría la pena aplicar a la pléyade de precandidatos a la Alcaldía de Cali, donde no están todos los que son ni son todos los que están.

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