Lecciones desde el arte

Septiembre 03, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En 1397 Coluccio Salutati, canciller de la República de Florencia, convenció a a su pueblo, gente práctica dedicada al comercio, para que hacieran un gasto extravagante: invitar a la ciudad a un erudito Bizantino, Manuel Chysoloras, a enseñar griego. De allí nació el interés de los florentinos no sólo por el griego, sino también por la filosofía, la arquitectura y el arte antiguos. Fue la chispa que encendió la mecha del Renacimiento, quizás la mayor explosión de creatividad de la cultura occidental. La historia la narra George Holmes, profesor de la Universidad de Oxford, en un libro bellamente ilustrado que aún no ha sido traducido al español.Podría resumirse con tosquedad diciendo que el Renacimiento fue producto de un contrato entre un funcionario y un académico, para ilustrar con la fuerza de la anécdota la importancia de que quienes detentan el poder público, tengan la visión de que detrás de las buenas ideas vienen los grandes logros.Y los dueños del poder económico también. Holmes se explaya en la relación entre los Médicis, que eran banqueros ennoblecidos, y los grandes artistas del alto renacimiento. Sin el apoyo que va de Lorenzo el Magnífico a Cosme de Médicis probablemente nada de ello hubiera existido. Su mecenazgo lo ejercieron sobre un grupo de artistas de no creerse: Boticelli, Brunelleschi, Donatello, Ghiberti, Masaccio. Y luego vendría Miguel Ángel.Detrás estaban los humanistas como Pico della Mirandola, Leonardo Bruni y Alberti que daban un respaldo intelectual a la aventura. El gran pintor de ese momento fulgurante es Boticelli, y sus mejores cuadros son paganos en un medio donde la Iglesia Católica tenía un dominio absoluto sobre la sociedad. El Nacimiento de Venus y la Primavera son un desafío al establecimiento eclesiástico, la emergencia de la sociedad civil. Pero lo importante no es que hubiera una relación entre el poder y la creatividad, lo fundamental fue que existiera sin condiciones, que es lo que va del Renacimiento al realismo socialista. La historia se repite con variaciones a lo largo de Europa, en las cortes italianas, en Flandes, en Francia; un movimiento internacional en el cual la prosperidad económica, la independencia intelectual y la creación artística van de la mano. Una figura del antiguo testamento, texto lleno de soberbias historias, es David. El triunfo de la verdad sobre el poder, de la inteligencia sobre la fuerza; la fragilidad del tirano que se derrumba con una pedrada. Una figura casi pagana que todos adoran. El de Donatello, en bronce, es pequeño, equívoco, desafiante en su voluptuosidad; el de Bernini, en mármol, es la fuerza de la rebelión, con los labios apretados por la tensión suprema de lanzar la piedra. El de Miguel Ángel es gigantesco, heroico, más grande que Goliat, acrecentado por la nobleza de su causa. Y todos obedecen al mismo concepto intelectual de glorificar al hombre por encima de las cosas y de las ideologías. Una lección permanente sobre los abusos del poder sobre las ideas y una enseñanza de que estas pueden triunfar. Nota: Siguiendo las normas de El País sobre imparcialidad en elecciones, esta columna dejará de aparecer durante el tiempo que dure el proceso de designación de Rector de la Universidad del Valle, en el cual soy candidato. Agradezco a la infatigable generosidad del periódico por haber publicado y a la inmensa minoría de mis lectores por haber leído mis Irreflexiones durante años, en este espacio al cual espero volver.

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