La última estación

Julio 31, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El anciano de 82 años, que era el escritor más famoso del mundo, agonizaba sin remedio en la mitad de ninguna parte, en medio del frío del otoño ruso, lejos de su familia y sus dominios. Solo. Buscando una tardía liberación espiritual de las muchas y pesadas ataduras con que la vida castiga a los aristócratas: tierras, ganados, villas, títulos, mujeres. Pero todas siguieron tras de él y la pequeña estación ferroviaria de Astapovo, llena de periodistas, se convirtió en el centro de la información mundial. El conde León Tolstoi se moría.La historia de esa fuga en medio de la noche y de la niebla, en ese día aciago de 1910, se ha contado en varios libros y biografías. Muchas han sido las versiones de esa decisión senil: abandonarlo todo, buscar el renunciamiento de lo material, huir de la muerte que le pisaba los talones, o de su mujer a la que amaba pero ya no soportaba. O todo lo anterior, porque las decisiones finales no son nunca simples. Pero la película, estrenada este año, que ha hecho Michael Hoffman y que llevó a la nominación al Oscar por Mejor Actor y Mejor Actriz, a sus protagonistas Christopher Plummer y Helen Mirren, resume con el poder de lo visual y un estupendo guión, la sustancia del asunto: un noble viejo juguete de las intrigas de quienes iban a sobrevivirlo. Su excelencia el Conde era la persona menos indicada para convertirse en el profeta de una nueva religión basada en la resistencia pasiva, en una sociedad autocrática donde el poder de los militares era absoluto; la propiedad comunal, en un mundo que funcionaba sobre la servidumbre; la renuncia a lo material, en una sociedad clasista cuyos títulos estaban arraigados en la tierra, y el celibato, que es tan difícil de mantener cuando se tienen menos de 80 años, aunque sea como un último sacrificio para proteger la especie de la extinción. Pero los seguidores del Conde, inspirados en algunos de sus libros, habían hecho de él una especie de sumo sacerdote de esos valores, que habían conmovido a seres tan lejanos como el mismísimo Mohandas Gandhi, y que él jamás había practicado en su ya larga vida, disoluta y pendenciera en su juventud, nunca alejada de lechos ajenos ni de placeres mundanos. La Iglesia Rusa Ortodoxa, fue la primera en advertir semejante contradicción con el expediente lógico de excomulgarlo.Para sus discípulos, en cambio, la consecuencia de sus ideas era simple. Renunciar a sus propiedades materiales y a los derechos de sus libros, para que pasaran a ser de dominio público. Sólo que la señora Condesa, que como toda mujer sabia había perdonado las infidelidades pero se mostraba intransigente en compartir con tanta gente el patrimonio familiar, pensaba otra cosa. Y en medio de esa batalla, el anciano Conde. No en balde salió huyendo. La Condesa había logrado el control de la inmensa propiedad de Yasnaya Polyana, herencia de sus ocho hijos, y los derechos de sus primeros escritos. Pero pierde todo lo demás en un nuevo testamento. Lo recupera años después por decisión del Senado ruso. O sea, triunfa la esposa sobre la ideología. Comme il faut. La película es un tour de force. Dos grandes actores, en la cumbre de sus carreras, interpretando a esa pareja que se adora y se contramata, que se separa y se busca, y se encuentra finalmente en esa estación ferroviaria perdida en medio de la estepa, para un último adiós.

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