La retractación

La retractación

Marzo 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La influencia que Don Joaquín de Cayzedo y Cuero, Alférez Real, tenía sobre sus coterráneos es evidente, puesto que la famosa acta del 3 de julio de 1810 del Cabildo de Cali es un resumen de la intervención con la cual el Teniente Gobernador lo instaló ese día, cuando dijo: 1. Que a pesar de no haber sido establecido de acuerdo con las antiguas Partidas del Reino, se le preste debida obediencia al Consejo de Regencia de Cádiz. 2. Que se preste juramento de obediencia y homenaje a Su Majestad Fernando VII como legítimo rey, a pesar de estar prisionero en Bayona. 3. Que la obediencia al Consejo de Regencia se mantenga mientras éste ejerza dominio sobre una parte de la Península y haga la guerra a Napoleón, el invasor. 4. Que si se pierde el control del territorio, ese juramento de obediencia al Consejo de Regencia cese, a no ser que venga a ejercer ese dominio a América conjuntamente, en pie de igualdad, con los americanos. O sea, que si se hubiera buscado entre los habitantes de Cali de esa época una persona más fiel y leal al rey Borbón, no hubieran encontrado uno que lo fuera más que Don Joaquín. Los sucesos posteriores que él dirigió y terminaron con su fusilamiento el 26 de enero de 1813, se han prestado a diversas interpretaciones, basadas en la incomodidad que les produce a algunos historiadores que alguien que se ha considerado con razón protomártir de la Independencia neogranadina haya sido hasta su muerte leal al Rey de España.El asunto lo ha vuelto a sacar a la luz Armando Barona Mesa, en su libro “Cali, Precursora”, en el cual desvirtúa la versión de que Cayzedo y Cuero murió declarando su fidelidad a Fernando VII, como si aquello hubiera sido un baldón a su memoria. Aunque existen testimonios documentales de que Cayzedo juró fidelidad al Rey ante el mismo pelotón de fusilamiento, Barona cree que fueron imposturas de los vencedores de ese momento, y está en su derecho de hacerlo. Pero valdría la pena poner las cosas en su contexto. Aunque para enero de 1813 la situación de las tropas Napoleónicas en la Península es muy precaria, hay un gran vacío de poder. Las colonias americanas, fieles al Rey, no reconocen ya ni al Consejo de Regencia ni a las Cortes de Cádiz. Y eso que el Consejo de Regencia, presidido por el payanés Joaquín de Mosquera y Figueroa, promulga en 1812 una Constitución progresista, La Pepa, favorable a las colonias, con el rey aún prisionero. Fernando VII sólo recobraría el trono en diciembre de 1813, ya muerto Don Joaquín, para volver a España en 1814, asumir funciones absolutas y derogar la Constitución.En ese caos se gesta la Independencia. Para julio de 1813 Cundinamarca se declara soberana. Pero Don Joaquín no tenía por qué haberse retractado en enero de 1813 de un juramento republicano que no había hecho. Su rebelión no fue contra el Rey, sino contra los gobernadores Tacón y Montes, dos españoles despiadados, que encarnaban el trato desigual contra los criollos. Su lucha originaria, valiente y temeraria, era otra: la autonomía de Cali frente a la poderosa Gobernación de Popayán, que era en el fondo una lucha por la igualdad de los hijos de los españoles nacidos en América frente a las autoridades coloniales, sin desmembrar al Imperio. Todo terminó mal para el Rey y para él. Pero dio una pelea que lo convierte en el paladín de la vallecaucanidad, por la que entregó su vida.

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