La provincia recóndita

La provincia recóndita

Junio 04, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Alto, rotundo. Su figura imponente vestida con los colores estridentes de África sobre su piel negra, en el traje de gala de Bogondo, la aldea situada entre la selva y la sabana en su Camerún natal. Y una voz que viene desde muy lejos en el tiempo y en la distancia, para encontrarse con otras voces hermanas, separadas por un océano y siglos de esclavitud, hoy liberadas por el poder de la palabra, que no es poca cosa. Boni Ofogo es un narrador de historias que habla en perfecto español de un modo cadencioso, limpio, lleno de rápidas corrientes y aguas cristalinas, y de verdades de esas que son ciertas desde siempre y para siempre. Mario Riascos es un negro enorme que viene de La Gloria, una aldea situada entre las marismas y el bosque húmedo, en López de Micay. Habla en verso libre como los clásicos del Siglo de Oro, con las mismas verdades. Parecen hermanos. Son hermanos.Las historias que ambos contaron en el Hotel Estación de Buenaventura, en el marco del lanzamiento del proyecto Ola Ventura, una plataforma cultural de promoción y visibilización del Pacífico colombiano, fueron el mejor resumen de lo que significa la universalidad, la resistencia y la sabiduría de la cultura negra sometida a opresiones sin cuento. Ese hotel de fábula, con el mar y las palmeras y la brisa al fondo, fue el lugar perfecto para afirmar los valores raizales de la raza negra, puesto que por allí los por teños han visto pasar desde los años 30 al blancaje que llegaba o partía en tren de la estación art decó, se hospedaba en el hotel de reminiscencias victorianas y desembarcaba de prisa o se embarcaba en el muelle vecino con destino a Estados Unidos y Europa. Un sitio de paso espléndido y mínimo de una riqueza que nunca se asentó allí, rodeado por la miseria secular.Ambos recibieron su legado narrativo de sus abuelos. Y se lo enseñan a sus nietos. Es la tradición oral en su más pura esencia, que fue la manera como se transmitió el conocimiento desde tiempos inmemoriales, hasta cuando apareció la escritura y otros avances tecnológicos que nunca han sido universales. De modo que en las provincias recónditas de Camerún o de Colombia, aún se sigue transmitiendo la tradición por vía oral, sin relación con las autopistas de la información o las redes sociales. Oír esas historias es como volver a los orígenes y sobre todo, percibir la frescura de un mensaje que es siempre el mismo: que las personas son más importantes que las cosas, que la realización humana depende de la riqueza de nuestras relaciones con el prójimo, que hay que respetar la naturaleza, que el amor todo lo puede y el odio todo lo destruye. La historia de las miserias humanas está escrita en la medida en que las comunidades o las naciones se han alejado de ese pozo profundo de sabiduría elemental.La historia del amigo que prendió una hoguera en el monte vecino a aquel en el cual su amigo desnudo soportaba una noche invernal para darle calor y ayudarle a ganar la libertad de un amo despiadado. La historia del anciano que le enseña a su nieto que la bondad o la maldad de la gente están realmente en cómo las ve nuestro corazón. La tierna versión de que el corregimiento de La Gloria es el lugar más bello del mundo, porque es el propio. Voces de un pueblo milenario, idénticas a ambos lados del océano, que se reconocen en sus territorios comunes.

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