La paz tiene dos caras

Noviembre 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

No hay que hacer muchas especulaciones para saber cómo será el postconflicto en Colombia luego de la firma de un acuerdo de paz con las Farc, porque ya estamos viviendo uno sin que la lucha guerrillera haya terminado. Para empezar por el principio, una definición aceptable de postconflicto sería: los fenómenos sociales que se desprenden de la inexistencia de ejércitos irregulares que habría que manejar a través de acciones públicas. O sea, qué se van a poner a hacer los guerrilleros de todos los niveles de mando cuando se queden sin oficio militar. Basta mirarse en el espejo del proceso que llevó al desarme del paramilitarismo.Allí sucedió de todo. Lo bueno: el desmonte de una alianza perversa en muchas regiones de Colombia entre políticos, militares, terratenientes, con ejércitos privados a su servicio. Lo malo: la presencia en esa alianza del narcotráfico y la delincuencia común, disfrazados con la capa común de la legítima defensa, que quedaron al desnudo cuando se la quitaron. Es decir, que desaparecido el paramilitarismo, innecesario por la presencia del ejército en las zonas del conflicto, quedaron funcionando los negocios que florecían a su amparo: el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, el sicariato, la corrupción administrativa. Y quedaron al descampado las personas que no hacían parte de esos oficios y que la sociedad se obligaba a reintegrar a la vida ciudadana y al sistema productivo, para salvarlos de convertirse en delincuentes. El postconflicto del paramilitarismo tiene esas dos caras: la lucha contra la delincuencia común y la reintegración social. El postconflicto guerrillero también.Si mañana (y mañana es un giro literario para referirse a un futuro indeterminado) se firma un acuerdo para la terminación del conflicto y el establecimiento de una paz estable y duradera, como reza el marco general de la agenda acordada entre el gobierno y las Farc, la construcción de esa paz tendrá dos caras: las acciones sociales, orientadas principalmente a la población campesina, a las regiones donde hay hoy una pobre presencia del Estado y a la reparación de las víctimas, que requerirán enormes recursos humanos y financieros; y una formidable acción policiva que ponga en cintura todas las actividades ilegales que ha prosperado a la sombra guerrillera. De la misma manera que grupos que se llamaban paramilitares se convirtieron en bandas criminales (Bacrim), habrá grupos guerrilleros que sufran la misma trasformación por las mismas razones. Su accionar político era un disfraz para una actividad criminal de una alta rentabilidad, para nada comparable con la que se obtendría dentro de la normalidad ciudadana. Así que la paz será también, y de modo importante, un asunto de policía, que abarca la seguridad urbana.¿Qué se gana entonces con la firma del acuerdo, si un Estado fuerte puede tomar esas acciones sin necesidad de firmarlo? Es allí donde está la gran diferencia ideológica con quienes creen que la guerra total, la tierra arrasada, es la solución al conflicto guerrillero colombiano: el gran logro de un acuerdo de paz es desmilitarizar la política y despolitizar la delincuencia. En adelante no se apoyarán las ideas políticas en ejércitos irregulares, ni se cubrirán los delincuentes con la bandera de las reivindicaciones políticas. Cómo dice el tío Baltasar, un gran intelectual, al que quiera más que le piquen caña.

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