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El nivel de deserción de los estudiantes universitarios en Colombia es un...

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Septiembre 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El nivel de deserción de los estudiantes universitarios en Colombia es un escandaloso desangre de recursos. Sólo la mitad de los estudiantes que ingresan a la Universidad se gradúan, tanto en universidades públicas como privadas. El Spadies, sistema de Mineducación para medir la deserción, revela que en 2009 las pérdidas anuales de las universidades públicas atribuidas a la deserción eran de $221.112 millones. Y que las universidades privadas dejaban de recibir una suma similar por los estudiantes desertores. En el caso de las universidades estatales esa suma equivalía al 12,3% del total de recursos girados por la Nación.Sobre el tema se han hecho varias investigaciones con resultados comunes: el grueso de la deserción está en los dos primeros semestres (37% en el primero, 16% en el segundo); y ésta tiende a ser mayor en estudiantes con bajo nivel de preparación en bachillerato, que provienen de hogares donde los padres son poco educados, que pertenecen a minorías étnicas, que estudian fuera de su lugar de origen, o con bajos niveles de ingreso. El descubrimiento de la pólvora.El punto central parece ser la preparación académica. Los estudiantes que entran a la universidad con bajos resultados en las pruebas saber pro, desertan en un 58%; los de más altos rendimientos en un 37%. La baja preparación es además en muchos casos resultado de algunos de los factores mencionados: estudiantes de hogares de bajos ingresos, que vienen de malos colegios públicos. Como eso no va a cambiar ni fácil ni pronto, corresponde a las universidades públicas, en donde están los estudiantes más pobres y menos preparados, hacer un esfuerzo gigantesco para compensar esas desigualdades. Y eso sólo puede hacerse con dos instrumentos: el bienestar estudiantil y los programas de nivelación y flexibilización académica.Clama al cielo que las universidades públicas consideren las altísimas tasas de deserción como un hecho de la naturaleza cuya modificación no depende de ellas. Ese debería ser el punto central de toda política universitaria, porque si las universidades son sus profesores, con mayor razón son sus alumnos. No tiene ningún sentido engrosar las estadísticas oficiales sobre educación terciaria con los alumnos del Sena, para justificar un aumento en la cobertura de la educación superior pública o mencionar sólo los estudiantes admitidos en el primer semestre, cuando lo que hay que mirar es cuántos estudiantes universitarios se gradúan y cuánto cuestan. En 2013 Univalle, la gran universidad pública de la región, recibió sólo el 30% de los estudiantes que solicitaron admisión y graduó el 32% de esa cifra. Es una pena que un asunto diagnosticado por la propia Universidad, en una investigación de su Centro de Estudios Sociales y Económicos Cidse, no haya llevado a sus directivas a formular una política sería contra la deserción universitaria. Como resultado Univalle ha disminuido sus estudiantes en más del 10% en los últimos 4 años. Un currículo más flexible y la puesta en marcha de un programa de estudios básicos por áreas del conocimiento que le permitan al estudiante adaptarse a la universidad y escoger mejor su profesión parece una necesidad inaplazable. Decir eso y otras cosas que pueden mejorarse no es atacar a la Universidad sino defenderla. Actuar como si nada pasara es la continuación de la Patria Boba.

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