La nariz rota

La nariz rota

Octubre 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Cuentan que hubo un conciliábulo de poetas para instruir al escultor, de modo que el monumento fuera un golpe directo al corazón, un resumen del romanticismo y un homenaje a quienes habían llevado al Valle del Cauca, el autor y sus personajes, a la fama internacional. Los consejeros fueron Ricardo Nieto, Carlos Villafañe, Blas Scarpetta, Alberto y Mario Carvajal. El escultor, el catalán Carlos A. Perea. El material: mármol de carrara. El tema, María leyéndole a Efraín, una página de Atala de Chateaubriand, con Mayo, el perro, a sus pies, el ave negra sobre ellos, como signo ominoso de la tragedia que se avecinaba, y el busto del propio Jorge Isaacs, como remate de un obelisco, vigilando el conjunto. La inauguración, en los años 20 del siglo pasado, fue todo un acontecimiento. El lugar escogido fue el parque al frente del Batallón Pichincha, con su aspecto de fortaleza militar del Renacimiento, hoy demolido. Ese monumento, junto con la estatua de Bolívar de Teneranni, en un extremo del parque y la de Caycedo y Cuero, en la antigua plaza de la Constitución, que datan de la misma época, fueron los tres puntos visuales de referencia que tuvieron los caleños para recordar los hechos estelares de la región. Con la demolición del Batallón Pichincha en los años 60 y la construcción del edificio del CAM a principios de los 70, el monumento a María fue a dar a un costado de la sede del Concejo Municipal, una enorme pared blanca, blanco contra blanco, bajado de su pedestal y colocado a nivel de suelo, al alcance de los transeúntes, como era de moda en la época para acercar la historia al pueblo. Gajes de la democracia.Pasaron los años, y el contacto con el pueblo ha pasado su cuenta. Hoy en medio de un cañaduzal que ha crecido a lado y lado, descuidado y roto, el monumento a María parece una garza blanca y sucia, perdida en medio de los caminantes. Una total vergüenza. Algún vándalo, hace ya tiempos, le rompió a María la nariz de un martillazo, y el bello rostro, inspirado en la pintura imaginaria de Dorronsoro, parece hoy el de alguna damisela víctima de la lepra. Mayo, el perro, ha corrido similar y perra suerte. Algunas de las letras del nombre de Isaacs han desaparecido. El mármol está sucio y agrietado por la humedad. El monumento, en cuya base se sientan los vendedores de lotería y los mendigos, da la impresión en su manchada blancura, de ser una de esas tumbas de gente notable hoy olvidada que se encuentran en los viejos cementerios. ¿Qué hacer entonces? Es necesario restaurar el monumento y devolverle su presencia entre la gente. Una vez terminada la obra de hundimiento de la Avenida Colombia, el Paseo Bolívar será un magnífico camino peatonal que se extenderá hasta la Plaza de Caycedo. La desaparición de los puentes peatonales que había sobre la avenida, abre la perspectiva y da a la plazoleta del edificio de Coltabaco una nueva preeminencia. ¿Porqué no colocar allí, en un adecuado pedestal, el monumento a María, mirando hacia el parque, de modo que haga un eje con el de Simón Bolívar? Toda ciudad necesita un espacio que sea su punto de referencia. María, en esa plazoleta, al lado de la Ermita, mirando al puente Ortiz, haría de ese lugar el espacio urbano más bello de Cali, y le devolvería a esa tierna imagen de la adolescente que le lee a su prometido un libro con una historia de amor imposible, como iba a ser la suya propia, su sitio en el corazón de los vallecaucanos.

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