La guerra y la paz

La guerra y la paz

Agosto 10, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Algún día, alguien escribirá sobre Colombia una novela similar a la de León Tolstoi que recoge cincuenta años de convulsiones sociales en Rusia, desde las invasiones napoleónicas hasta mediados del Siglo XIX. Todo está allí: los ensangrentados campos de batalla, las heladas estepas donde se congeló el ejército imperial, las veleidades de la aristocracia terrateniente, poco tocada por la guerra, cuyos jóvenes jugaban al heroísmo sobre montañas de cadáveres. Los grandes bailes, las grandes pasiones, las grandes batallas. Todo descomunal en ese país inmenso. Lo nuestro tiene otra dimensión y otro carácter. Cincuenta años de guerras campesinas que han producido una masacre descomunal, 220.000 muertos, en el mundo pequeño y olvidado del campo colombiano que coexiste con un país moderno, urbano, de ciudadanos no tocados por la guerra, comandados por una dirigencia civil que no ha podido resolverla. Hay sin embargo una cierta lógica, que no escapa a un observador imparcial, en la manera como el conflicto colombiano se ha venido manejando: fue primero insignificante y no se le dio mayor importancia, unos campesinos indignados por la violencia política que encontraron en la Guerra Fría y en la influencia de la revolución cubana un espacio, hasta convertirse en una amenaza pública que había que conjurar; una negociación absurda impulsada en las urnas, que llevó a la virtual pérdida por parte del Estado de buena parte del control del territorio nacional; una ofensiva brutal, impulsada en las urnas, que llevó a un ataque sistemático, organizado, eficaz contra las guerrillas, que permitió recuperar el control territorial y las debilitó militarmente; y finalmente, una negociación de paz, en la cual el Estado es la parte dominante, que se adelanta sin detener esa ofensiva. Lo que hace probable el éxito de las negociaciones de hoy es la dinámica de esa historia.Para decirlo de otra manera: la capacidad de negociación de las Farc en La Habana no depende de su fortaleza sino de su debilidad. Si no hubieran sufrido un proceso tan grande de deterioro, no estarían sentadas a la mesa, ni dispuestas a negociar. Y hay dos artífices de ese proceso: Álvaro Uribe, quien comprendió el momento militar, y Juan Manuel Santos, quien comprendió el momento político. El uno intransigente, mesiánico; la reencarnación del general ruso defendiendo a la madre patria del invasor; el otro, dando el golpe de gracia donde se debe dar, en la mesa de negociaciones; la reencarnación del diplomático austriaco reconstruyendo el desorden napoleónico, uniendo a los antiguos adversarios, presentado un frente político unido frente a un enemigo disminuido. Todo parecido solo que a menor escala. Sin Tolstoi.Sin saber en qué va a terminar todo aquello, el solo hecho de que las Farc hayan aceptado unas negociaciones cuya esencia no es revolucionaria sino el acuerdo de unas reformas institucionales, dentro del sistema político existente, mide el tamaño del éxito de esas dos gestiones de gobierno. Y sus protagonistas ni se hablan. Algún día, cuando se escriba esa historia, el episodio más incomprensible será la actitud de Álvaro Uribe frente a las negociaciones, cuyo gobierno hizo posible; su rechazo a asumir su parte en ese legado histórico que es la paz política y su persistencia en un camino de guerra, sin espacio para la reconciliación, que ha agotado los espíritus. Y la inmensa tontería de poner a un país a escoger entre la guerra y la paz.

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