La gran sociedad

Marzo 12, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

David Cameron, primer ministro británico, es un joven aristócrata, que liquidó el sueño laborista de Tony Blair. El Partido Conservador llegó para quedarse un rato largo, luego de que los caminos de la Tercera Vía comenzaron a estrecharse con la crisis económica mundial. Curiosamente, en Inglaterra la crisis del capitalismo financiero no produjo un viraje hacia la intervención del Estado, como al parecer sí sucedió en Estados Unidos con la llegada de Barack Obama al poder, sino todo lo contrario, el reverdecimiento del ideario conservador de limitación de los poderes estatales a temas como la seguridad y la justicia, para darle paso a la libre competencia en todo lo demás.Lo que tumba a los gobiernos es en realidad la mala situación económica. En Estados Unidos a un gobierno republicano y en Inglaterra a uno laborista, ambos enredados en las regulaciones excesivas de la burocracia, que no les permitieron sortear la crisis con fortuna. Lo que plantea Cameron, que va a ser llevado ponto al Parlamento para convertirlo en leyes, es la terminación de lo que él llama el monopolio del Estado sobre los servicios públicos que ha llevado a la perpetuación de toda clase de ineficiencias y altos costos. Y lo plantea de un modo tan radical que a los sindicatos de la Gran Bretaña les resulta anatema. Para qué decir el efecto que tendrían esos planteamientos suyos entre nosotros, que podrían producir infartos en toda la zona nebulosa que se extiende desde el centro hasta la extrema izquierda.Lo que propone es simple y revolucionario: la construcción de una gran sociedad, por oposición al gran Estado, en la cual todos los servicios públicos del país puedan ser administrados por empresas privadas, en un mercado de libre competencia que produzca un mejor servicio a unos mejores precios. Y cuando dice todos son todos, escuelas, hospitales, mantenimiento de parques, carreteras, servicios sociales, que serían contratados por el Estado, a un precio que dependa de sus resultados y su calidad. El papel estatal será en sus propias palabras: “Garantizar que la financiación y la competencia sean justas, y garantizar que todo el mundo, sin tener en cuenta su capacidad económica, tenga un acceso justo a los servicios”. Más fácil decirlo que hacerlo.En el otro extremo ideológico está lo que se denomina la administración de lo público: una reacción contra el neoliberalismo extremo que reivindica la capacidad del sector público para establecer códigos de conducta, buenas prácticas y estándares de eficiencia, que le permitan cumplir con su función eficazmente y al menor precio posible, respetando su naturaleza pública. Édgar Varela, profesor de la Universidad del Valle, ha hecho su tesis doctoral sobre el tema y ha producido un par de libros analizando dos casos que son como el doctor Jekill y Mister Hyde de la administración pública: Emcali y las Empresas Públicas de Medellín: la primera, un caso de deterioro del patrimonio público a nombre de intereses políticos particulares, con el consecuente perjuicio de los usuarios; y la segunda el ejemplo perfecto de la construcción de un gran patrimonio público (el segundo del país después de Ecopetrol), con sanas prácticas administrativas y respeto por los usuarios. O sea, que aún hay esperanzas para lo público en manos del Estado, a pesar de lo que se ha visto últimamente entre nosotros. El tío Baltasar dice que a veces, cuando le llega la cuenta de Emcali, le provoca votar por Cameron. O irse a vivir a Medellín.

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