La gran ironía

Abril 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Todo el agrio debate político del momento tiene un nombre: la reelección presidencial. Se cansaron de explicar en su momento los conocedores de nuestra historia constitucional de la inconveniencia de esa figura. De hecho, la cuenta de su instauración, para beneficio del Presidente en ejercicio, aún no se ha terminado de pagar. Se olvidaron quienes la impusieron que el tiempo pasa y con él los hombres providenciales, y que lo que hoy asegura el poder mañana puede ser la manera de no recuperarlo nunca. Por primera vez en la historia moderna de Colombia un Presidente en ejercicio tiene la posibilidad constitucional de hacerse reelegir, dentro de reglas de juego preexistentes. ¿Qué circunstancias políticas deben existir para que opte por no hacerlo? En todos los países donde existe la reelección inmediata, es casi una obligación política presentarse porque lo contrario implica el reconocimiento de un fracaso monumental. Dos casos famosos vienen a cuento. El de Lyndon Johnson, quien decidió no presentarse a la reelección convencido de que era una apuesta imposible, dada la opinión nacional de rechazo a la Guerra de Vietnam, y el de Jimmy Carter, quien a pesar de haber caído en desgracia por el fracaso del rescate de los rehenes de la embajada de Estados Unidos en Irán, se presentó y perdió estruendosamente frente a Richard Nixon. Ambos hicieron mutis por el foro como protagonistas de unas derrotas dolorosas. Pero la norma general es que cuando existe la reelección, el presidente se presenta. Y gana. En Colombia el mundo político, tan cerrado, se plantea el gran dilema de si el presidente Santos presentará su nombre a la reelección, y sus adversarios, que impulsaron la existencia de la figura, buscan argumentos para que no lo haga: que la situación económica es insostenible, que la política internacional es un desastre, que se le está entregando el país a la guerrilla para presionar un acuerdo de paz antes de las elecciones, que se negocia con el terrorismo. Esa discusión puede llevar años, y hay cifras y argumentos de lado y lado. Pero el hecho tozudo es que no hay ninguna razón de peso, ni la economía, ni la política exterior, ni las negociaciones de paz, para que el presidente Santos no se presente, sino más bien al contrario, como siempre sucederá con las reelecciones, el planteamiento de la necesidad de la continuación de procesos iniciados, que fue el tema de Uribe en su momento. Así que puede darse por sentado que gracias al esfuerzo del Uribismo por establecer la reelección presidencial, el presidente Santos se presentará, sin contrincante de peso a la vista, lo cual anticipa el resultado. La gran ironía.¿Cuál sería el principal efecto político de su eventual triunfo?: la desaparición de Uribismo. La razón es que si bien hoy puede sostenerse con buenos argumentos que Santos fue elegido con los votos de Uribe, como el candidato del gobierno que iba a continuar su política central de Seguridad Democrática, la reelección de Santos demostraría que tiene un poder político propio y daría cristiana sepultura a la pretensión Uribista de que ha habido una especie de golpe de Estado a un mandato ciudadano. La reelección acabaría con la tutela que el expresidente Uribe ha querido ejercer sobre el primer período de Gobierno y reduciría su papel al más modesto de parlamentario de oposición. El tío Baltasar mete baza para decir que si hay una razón para que el presidente Santos se presente a la reelección, es precisamente esa.

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