La edad de la inocencia

La edad de la inocencia

Diciembre 18, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El escándalo de la filtración de documentos clasificados del Gobierno de Estados Unidos es un circo mediático en toda la extensión de la palabra. Una información transmitida por los embajadores norteamericanos al Departamento de Estado, sobre asuntos más o menos corrientes de la actualidad política de los países donde desempeñan sus misiones, que se supone confidencial, se vuelve pública y se divulga universalmente, magnificada por los prestigiosos medios de comunicación a los cuales se le entregó selectivamente y que la juzgaron de interés para los lectores; y por comentaristas quienes encontraron allí un material embarazoso, comprometedor, revelador, atrevido, que pone al desnudo perversas intenciones de la primera potencia del mundo, o de quienes quieren congraciarse con ella.Sin embargo, detrás de los grandes titulares parecería que hubiera una tempestad en un vaso de agua, nacida del desconocimiento de la función misma de la diplomacia, que forzosamente implica el manejo de informaciones confidenciales que sean elemento de juicio para la toma de decisiones políticas en materia internacional, las cuales no se toman por razones altruistas si no en defensa de los intereses de cada país. Lo que poco se ha dicho es que los embajadores norteamericanos están cumpliendo con un aspecto normal de su trabajo: enviar informes sobre la situación política local obtenida de fuentes locales confiables; que lo revelado hasta ahora compromete más a los nacionales de los países que entregaron la información que a Estados Unidos; y que la reacción del Departamento de Estado ante las informaciones que le enviaban desde distintas partes del mundo, Colombia incluida, revela más la situación de un país todopoderoso con las manos atadas para actuar, o reacio a hacerlo, que a un policía internacional en acción.Cualquiera supone que la información secreta de real importancia, que ha producido decisiones en política internacional, (la que llevó a las dos guerras en el Golfo Pérsico, a la invasión de Afganistán, o a la condena al peligro nuclear de Corea del Norte o de Irán), no se ha revelado ni lo será en el inmediato futuro. Pero exigir que haya total transparencia (es decir que se conozca en tiempo real), el contenido de los correos diplomáticos, es volver a la Edad de la Inocencia. La historia está llena de jugosos episodios de la vida diplomática que crearon y desbarataron alianzas entre países, que produjeron o terminaron guerras, que precedieron los tratados en los cuales los países poderosos se repartieron el mundo. Nada de ello hubiera sido posible con la transparencia que hoy se está pidiendo a los gobiernos en estas materias, concepto que se refiere más al adecuado manejo de los fondos públicos y a garantizar que el poder del Estado no esté al servicio de intereses particulares o partidistas, que a la divulgación de información sobre la defensa de los interés encontrados de los Estados. El tío Baltasar, escandalizado por la puerilidad del escándalo de Wikileaks, dice que confidencialidad no es lo mismo que engaño, ni publicidad es lo mismo que transparencia, y añade que los que en el mundo han sido grandes ministros de relaciones exteriores, deben estar desternillándose de la risa en sus tumbas, al mirar la manera como los profetas de la transparencia informativa ven el complejo mundo de la diplomacia, que poco ha cambiado a través de los siglos, con sus espías y sus secretos, y que funciona como debe ser.

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