La doncella

La doncella

Agosto 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La doncella entra a la sala del trono del castillo de Chinon, en el Loira, donde la espera Carlos de Valois, Delfín de Francia. Viene en nombre de Dios con una consigna muy precisa: liberar a Orleáns, sitiada por los ingleses, y coronar al Delfín como Rey en la catedral de Reims. El Delfín desconfía, se mezcla en la muchedumbre cortesana y viste a uno de sus lacayos con sus ropas. La doncella, que no lo ha visto nunca, ignora al lacayo y va directamente a él a entregarle el mensaje divino. Así se crea el mito fundacional del Reino de Francia; la demostración palpable de que Dios está de parte de los franceses.Algo demasiado maravilloso para ser cierto. Los historiadores modernos han revisado una y otra vez la jornada excepcional de Juana de Arco, una campesina que oye voces celestiales, en la Francia del Siglo XV, con su casa real dividida, la mitad del reino en poder de los ingleses y el heredero del trono con el estigma de la ilegitimidad sobre su cabeza. Hijo de Carlos VI e Isabel de Baviera, quien ha sido una reina casquivana, el Delfín es desheredado por sus propios padres en el tratado de Troyes, en el cual estipulan que el sucesor debe ser Enrique VI de Inglaterra. Hay tres aspirantes al trono: el Delfín; el Duque de Orleáns, su primo, en caso de que el Delfín sea declarado ilegítimo, en manos inglesas; y su otro primo Enrique VI de Inglaterra, quien es un niño. La única manera de solucionar el problema de la legitimidad del Delfín y de evitar la unificación de las coronas de Inglaterra y Francia en cabeza de un inglés, es la autoridad divina, y su único instrumento posible es la inocencia del portador del mensaje: Juana, una pastora piadosa, ignorante y virgen de 17 años, que termina conduciendo los ejércitos franceses y presidiendo la coronación del Delfín, como Carlos VII en Reims el 17 de julio de 1429.Entre las bambalinas de esa historia de prodigio se esconde Yolande de Aragón, Duquesa de Anjou, suegra del Delfín. Todo parece haber sido un invento suyo: el descubrimiento de Juana, su mensaje, su entrenamiento político y militar. Quizás no su destrucción, que corre por cuenta del Rey que ha entronizado, cuando ya no le resulta tan útil. Carlos VII, contra el consejo de Juana, se niega a atacar París, en manos del Duque de Borgoña, aliado de los ingleses, porque sabe que no podrá consolidar su reino atacando a sus propios nobles. Prefiere negociar. Esa negociación deja a Juana en el aire. Capturada por los borgoñones, es entregada a los ingleses. La juzga en Rouan un tribunal eclesiástico por herejía. Sus faltas: viste ropa de hombre y presume de ser emisaria directa de Dios, ignorando a la jerarquía eclesiástica. Un oscuro personaje, Pierre Cauchon, Obispo de Beauvois, se encarga del proceso que no es sino una sucesión de infamias, pruebas falsas y enredos teológicos. Culpable, es entregada al brazo secular de la justicia, que la condena a las llamas. La Doncella de Orleáns, la salvadora del Reino, la enviada de Dios, quemada como una bruja. Bernard Shaw, en una obra de teatro que le mereció el premio Nobel, cuenta los pormenores de ese juicio atrabiliario. 25 años después el Papa Calixto III anula el juicio. Quinientos años después, en 1920, llega a los altares y se convierte en Santa Patrona de Francia. Quizás sólo un invento grandioso de la religión al servicio de la política, como en tantos otros casos. Como ahora.

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