La confianza lo es todo

La confianza lo es todo

Agosto 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

No hay mejor momento en la historia de Occidente para ver cómo la emergencia explosiva de una civilización depende de la confianza, que lo que pensaban de ellos mismos los ciudadanos de Florencia a principios del Siglo XV, dice Kenneth Clark. Para él, un historiador de arte, la civilización nace de un acto de confianza de una sociedad en ella misma. Esa energía es la que da origen a realidades valiosas y duraderas, que son las dos características fundamentales de una civilización. Ocasionalmente, da origen también a una obra de arte cuando se presenta la misteriosa coincidencia de ese espíritu de confianza que nutre a un creador genial. Pero las obras de arte tienen un carácter único, mientras la energía social es un patrimonio colectivo, así que lo interesante del ejemplo es mirar cómo una sociedad de banqueros y comerciantes de lanas, con los pies firmemente puestos en la tierra, pudo dar impulso a un movimiento como el Renacimiento, basado en los grandes pensadores de la antigüedad griega. El mismo Clark se aventura a decir que los cancilleres de la República Florentina, Salutati, Bruni, Marsuppini, Scala, Maquiavelo, fueron grandes humanistas y que aquello tuvo que tener un impacto en las políticas públicas. Sobre esa base podría argumentarse que el Renacimiento fue apenas un subproducto maravilloso de esa civilización florentina que marcó la civilización occidental para siempre: los derechos de los ciudadanos a vivir en paz y dignamente en una comunidad democrática. Derechos que nacen del convencimiento individual de tenerlos y hacerlos valer, o sea un supremo acto de confianza.Una sociedad puede tener exceso de confianza. Creerse lo que no es, aspirar a lo que no puede lograr, equivocarse en sus metas; pero hace más daño lo contrario: creer que nada es posible, que nada se ha hecho, que todo lo que hay es malo, que han llegado los ángeles vengadores. Cali vive hoy su pequeño Renacimiento, su veranillo de San Martín, atribuible enteramente a que la dirección de la ciudad está en manos de un humanista que inspira sus políticas públicas, nuestro Leonardo Bruni. Ello explica por sí solo un punto central de la gestión pública: el establecimiento de prioridades de inversión, a través de la planeación. Tiene la administración Guerrero el penoso deber de terminar obras inconclusas, algunas necesarias, pocas prioritarias, que heredó; pero la ciudad que tiene en mente es la del equilibrio social, la de la equidad, la del bienestar, la de la convivencia.Esa construcción que es lo más valioso y toma tiempo, es hoy un ideal que alimenta la confianza ciudadana. Hay señales ominosas de que no puede hacerse. Clark se pregunta cómo pudo renacer Florencia de entre sus callejones oscuros y sus mercaderes ambiciosos. Existió el arranque, pero también la continuidad, por medio siglo de gloria. Para Cali la continuidad de unas políticas públicas que no estén basadas en el cálculo político, ni en el oportunismo, ni en el populismo, es fundamental para afianzar la confianza que se ha despertado. Pero el liderazgo de esa continuidad no se improvisa, ni se endosa. Se le olvida a la gente que Rodrigo Guerrero es un político curtido, conocido por sus obras en el grueso del electorado; una vida dedicada a la comunidad, un trabajo honesto y desinteresado. El perfil perfecto de alguien que inspira confianza y la difunde. Su sucesor, y el día este lejano, tendría que ser por el estilo, para que el veranillo de San Martin se vuelva un verano de verdad.

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