La Cenicienta

La Cenicienta

Diciembre 27, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El acontecimiento más importante de Colombia en 2014 es que la búsqueda de la paz política haya dejado de ser la cenicienta de los problemas nacionales y esté hoy a la cabeza de las políticas públicas y del debate político. Para lograr eso el Gobierno Santos hizo una muy riesgosa apuesta política en su campaña de reelección: convertir el proceso de paz con las Farc en una prioridad de campaña que estaba muy lejos de las prioridades del grueso de la opinión pública, más preocupado por el desempleo, los bajos ingresos, la corrupción administrativa, los problemas de movilidad y seguridad en las grandes ciudades. Cuando se votó la reelección, el catálogo de las angustias cotidianas de los electores no incluía el tema de la terminación del conflicto como algo importante (y de hecho así sigue sucediendo), de tal manera que haberle apostado todas las cartas a un proceso confidencial sobre el cual la oposición política creaba toda clase de temores, quizás explique en buena parte la pérdida por parte del candidato-presidente, de la primera vuelta electoral. Pero ganadas las elecciones, su resultado se convirtió en un plebiscito para continuar con el proceso de paz, apoyado por la gran mayoría del mundo político, y más de la mitad de los electores. En otras palabras, le reelección de Santos convirtió al proceso de paz en la noticia del año. Las razones por las cuales la ciudadanía no le daba importancia al conflicto interno que asola a Colombia desde hace decenios, es precisamente porque se había acostumbrado a él. Era parte del paisaje nacional, un asunto doloroso y sangriento pero marginal, cada vez más arrinconado a regiones aisladas y atrasadas económicamente, con menor presencia estatal. De hecho, en la macabra contabilidad de las muertes violentas, que hace de Colombia uno de los sitios más peligrosos del mundo, las víctimas mortales directas del conflicto son mucho menores que las ocasionadas por las guerras intestinas de las mafias, las bandas delincuenciales de las ciudades, la violencia doméstica y los accidentes de tránsito. De modo que haber podido convencer a la mayoría de los electores que terminar el conflicto armado interno era una prioridad, que la paz traería mayor prosperidad, que sin ella no se podrían controlar las economías ilegales ni la delincuencia común, ha sido un trabajo de romanos. Algo ha ayudado la oposición de extrema derecha, que ha exagerado hasta la exasperación los riesgos de llegar a cualquier acuerdo, que no sea resultado de una rendición incondicional y un sometimiento a la justicia de todo aquel que en desarrollo del delito de rebelión haya violado la ley, que son todos los guerrilleros. En ese esfuerzo por despolitizar el acuerdo de paz para volverlo un acuerdo judicial, (que no toque interés creados) han corrido ríos de tinta que han ayudado a que la opinión pública entienda la importancia de lo que se está negociando, con sus límites y concesiones. Y allí va, ojalá con buena fortuna: en Cuba, cuyo gobierno ha sido tan diligente en ayudar a solucionar los problemas que con la misma diligencia ayudó a crear; convocado por un gobierno de centro, que espanta los fantasmas de que se negocie una hegemonía socialista en Colombia (un gobierno de izquierda no hubiera podido hacerlo); y acogido por la guerrilla más vieja del mundo, que se sabe en trance de desaparición, como el año que termina.

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