Júpiter Tonante

Julio 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El discurso del expresidente Álvaro Uribe en el Club El Nogal durante el homenaje de desagravio a Fernando Londoño Hoyos fue pronunciado en un tono de agravio, con el cual el expresidente se duele del sistemático desmonte de su obra de gobierno, hecha para perdurar. Es el tono más que el contenido lo que marca su divorcio definitivo del presidente Santos. No le gustan al expresidente ni el estilo de su sucesor, ni sus programas sociales, ni sus políticas económicas, ni sus relaciones con el Congreso, ni su política internacional, ni su manejo de las Fuerzas Armadas, ni de la seguridad interna, ni sus amigos. Nada le gusta y es un tanto desconcertante ver que más que un llamado a rectificar los errores que impiden la continuidad de sus políticas (muchas de ellas en acción), reclame ahora el derecho a ser la cabeza de la oposición a su propio Partido. Un Partido que lo respeta pero que no lo acompaña en la aventura.Y la consecuencia perversa de ese tono de Júpiter Tonante, es que hace menos ruido del esperado, porque no hay nada más dinámico que la política y una revisión del discurso famoso pone en evidencia el esfuerzo dialéctico pero falso de suponer que el gobierno de Santos ha devuelto a Colombia a donde estaba antes de que llegara Uribe al poder. O sea, un país inviable, que requiere un segundo rescate, por interpuesta persona, ya que el salvador no está constitucionalmente disponible. La repetición de la historia, como comedia. Falta en ese documento mucho de la sindéresis que caracteriza a los estadistas, porque un observador más imparcial podría decir que las políticas de Santos, que son evidentemente diferentes a las de Uribe, son a su vez las consecuencias del trabajo de éste, puesto que permitieron sentar sus bases. El poder político de Uribe se debería basar en ese reconocimiento hecho por él mismo.Sin el desmonte del paramilitarismo no hubiera podido expedirse la Ley de Restitución de Tierras; sin haberle mostrado los dientes a Caracas no hubiera podido plantearse una diplomacia conciliadora; sin los golpes a las Farc, no hubiera podido crearse el instrumento de un Marco para la Paz, para cuando se necesite, que será algún día; sin la recuperación de la seguridad no habría inversión extranjera. Pero al mismo tiempo el gobierno Uribe, que había durado demasiado y quería no terminar nunca, hacía agua por todos lados. Tenía al país al borde de la guerra exterior, a las Cortes enfrentadas con el Ejecutivo, desbordada la corrupción que generan las reelecciones indefinidas; ilimitado el poder de muchos parlamentarios y funcionarios que habían cruzado peligrosamente la línea divisoria entre lo público y lo privado, entre la seguridad estatal y los derechos individuales. La Ola Verde registró ese descontento en la campaña electoral del 2010 y fue el hecho de que Santos fuera percibido como un continuador de distinto talante y con distintos criterios lo que lo llevó al poder. Ni el mundo político ni la opinión pública eligieron a Santos por ser igual a Uribe, sino porque no lo era; no porque lo fuera a obedecer en todo, sino porque era independiente; no para que todo siguiera igual sino para hacer ajustes. El tío Baltasar, quien piensa que Uribe cumplió un papel político fundamental en un momento histórico difícil, pero que como lo dijo él mismo en el Club El Nogal, hace parte del pasado, dice que tanto como le debe el país al expresidente Uribe para que el responsable de socavar ese sitio en la historia no sea su sucesor sino él mismo.

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