Intolerancia

Intolerancia

Julio 10, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Tres meses después de la toma de Granada por los Reyes Católicos, en enero de 1492, los judíos fueron expulsados de España. Dos años después los Moros. Fue una medida política que usó la religión Católica como instrumento de los fines superiores de unificación nacional. Fue también una barbaridad. Ambas comunidades habían convivido por siglos con los cristianos, manteniendo sus cultos y sus creencias. Los musulmanes, que llevaban asentados en la península desde el Siglo VIII habían mostrado una tolerancia con las creencias ajenas que estaba muy lejos de la intransigencia católica. En Andalucía esa unión había producido una sociedad próspera de enorme significación. Se dice que el sultán Mohamed II, cuya dinastía Nazarí reinaba en Granada desde 1238, había sido amigo de Alfonso X ‘El Sabio’. Para 1492 sólo quedaba el Reino de Granada por reconquistar, debilitado por sus pugnas internas pero aún la joya de la corona.Los descendientes de Don Pelayo, que había ganado la Batalla de Covadonga en el año 718, con la cual se inició la reconquista, debieron quedarse asombrados ante el esplendor del palacio de Boabdil, el último Emir. La Alhambra era la quinta esencia de una civilización en su mayor esplendor. Una ciudadela amurallada en la cumbre de una colina en cuyo interior la arquitectura árabe había llegado a un grado de sofisticación quizás sólo igualado por la cultura japonesa: el refinamiento de los sentidos llevado al límite. La combinación perfecta del olor de las flores y las frutas, con el reflejo de la luz, con el imperceptible rumor del agua convertida en espejo. En las habitaciones privadas del Emir, los techos representando los siete cielos del Corán, las tracerías, las celosías para proteger de las miradas indiscretas, las yeserías que repetían una alabanza interminable a Alá y Mahoma, su profeta. Todo del reino de este mundo, nada parecido al valle de lágrimas católico.Fernando e Isabel hacen izar su estandarte en la torre más alta, derrumban la mezquita, graban su monograma en las paredes, pero conservan todo lo demás, porque ni aún el Dios iracundo de la Biblia hubiera permitido la destrucción de aquella maravilla. Pero su nieto, nadie menos que don Carlos V, el dueño del mundo, mandó construir por Pedro Machuca, ya en el Siglo XVI, la enorme mole del palacio imperial que nunca habitó, como para imponerse con su volumen, su severidad y su pesadez, sobre la delicada fábrica de la Alhambra. Aún hoy, esa construcción, hecha literalmente encima de la Alhambra, desconcierta por el contraste que produce. Una estructura manierista, cuadrada por fuera, circular por dentro, perfectamente geométrica, en medio de la sensualidad de los decorados nazaríes. Se pone así en evidencia el triunfo aplastante del poder de los Hasburgo y de la religión católica, sobre la cultura musulmana, de la inquisición sobre la tolerancia, del fanatismo sobre la convivencia.Hoy, recorriendo los jardines del Generalife, los salones que con el corazón roto tuvo que abandonar Boabdil, las calles del Albaicín, el barrio gitano de Granada, es posible entender que a pesar del éxodo sefardita y musulmán, mucho de lo que quiso proscribirse sobrevivió en las costumbres y creencias de los conversos, en la cultura misma de España, en el bagaje que traían las carabelas, y hace parte también, con la intolerancia y el fanatismo, de lo que nosotros heredamos, que es una mezcla de todas esas culturas y todos esos dioses.

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