Inclusión

Inclusión

Abril 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El asunto de la inclusión social es el más fácil de detectar, los pobres están allí a la vista de todos; de analizar, las estadísticas de distribución del ingreso están disponibles en series históricas confiables; y de plantearle soluciones, los técnicos, los políticos, los sacerdotes, los Organismos no Gubernamentales, el Gobierno, las entidades benéficas, prometen remedios rápidos y prácticos para la desigualdad, que es nombre correcto para una sociedad no incluyente. Pero es de hecho el asunto más grave, más complejo y más demorado de erradicar de nuestro tiempo. Todas las discusiones importantes de una sociedad moderna o que quiere serlo se reducen a ese tema, porque la esencia de la modernidad es la participación efectiva de los individuos en el bienestar social y en los derechos que de él surgen. La conveniencia del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, principal socio comercial de Colombia, es quizás el más dramático ejemplo de las contradicciones de una sociedad que pretende ser incluyente, como la nuestra. Todos los argumentos de quienes lo defienden y todos los argumentos de quienes lo atacan son ciertos. Sólo que se refieren a dos mundos distintos que conviven simultáneamente en el espacio y en el tiempo: el de quienes tienen por su educación, su experticia empresarial, su preparación tecnológica y su disponibilidad de recursos la capacidad para hacer parte de la comunidad internacional de negocios, es decir de quienes están o pueden ser incluidos en ella; y el de quienes no tienen ni la educación, ni la experiencia, ni el conocimiento, ni el dinero para ello, es decir los excluidos. Lo importante en el caso colombiano es analizar la proporción de la población que está en cada uno de esos mundos, para medir en esfuerzo qué hay que hacer para incorporar a él a quienes hoy están por fuera.El TLC con Estados Unidos es una oportunidad de negocios, que por definición es para los que la puedan aprovechar. De ahí el júbilo de las áreas tecnológica y administrativamente modernas del sector industrial manufacturero por la eventual extensión de sus mercados; la preocupación de los medianos y pequeños empresarios por el futuro de sus empresas frente a una competencia de superior calidad y mejores precios; la angustia de los productores agropecuarios por la presencia en Colombia de productos subsidiados en Estados Unidos; y la desconfianza general de los menos educados sobre las posibilidades de creación de empleo poco calificado. Y todos tienen la razón. El tratado, que no tiene corazón, busca en el plazo el beneficio neto para ambas economías. Es decir que sean más los beneficiados que quienes van a quedar tendidos en el campo.De lo que se trata en el caso colombiano es que sean los menos posibles. Pero la tarea que hay que hacer en modernización de la estructura nacional, empresarial y educativa es enorme y está retrasada. Lo que se lee entrelíneas en las declaraciones de los altos funcionarios es que se perdió un tiempo precioso durante las largas negociaciones para ir adelantando ese trabajo y no estamos listos. Ni el país como tal, ni la mayoría del sector productivo. Casi nada. Dicho de otra manera, tal como están las cosas hoy, el TLC puede ser un elemento perverso de exclusión social que genere beneficios pero agrave la tremenda desigualdad en la distribución del ingreso en Colombia, uno de los países menos incluyentes del hemisferio. El tío Baltasar dice que la vergüenza del presidente Santos al reconocer el hecho en Cartagena, es la misma suya. www.oscarlopezpulecio.com

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