Hombres a la deriva

Agosto 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Casi todo lo que allí se cuenta es autobiográfico. Y desagradable. Y emocionante. Y rutinario. Y trágico. Y de alguna vaga manera heroico. Un hombre triste que da la impresión de divertirse mucho, de exprimir la vida como un limón jugoso, de glorificar el machismo. Pero en el fondo Thomas Hudson no es más que un alcohólico, incapaz de amar otra cosa que su propio vacío interno, que sólo se llena con la depresión o con aventuras sin sentido. Un pescador frustrado, un cazador frustrado, un amante frustrado, capaz sin embargo, de crear cosas bellas. Un hombre a la deriva, como lo era su creador Ernest Hemingway.‘Islands in the stream’, es el título en inglés de los tres textos que Hemingway escribió al final de sus días, con la pretensión de hacer una relación de su vida desolada en el Caribe, refrescado por la corriente del golfo. Publicados póstumamente por su esposa bajo ese nombre que poco dice, la idea original era usar el Mar Caribe como referencia de los sucesos presentes y pasados de Thomas Hudson, un famoso pintor norteamericano de marinas, refugiado en el escenario espectacular del Caribe: Cuba y las Bahamas. Es decir, un extranjero, un exilado, un desadaptado. Traducido con más fortuna al español como ‘Islas a la Deriva’, da mucho mejor la idea de esos seres que sin importar donde están, vagan sin rumbo buscando un significado a la existencia, que por supuesto no existe.Es narración pura, a la manera de un diario donde se consignan eventos buenos y malos, insignificantes, pero contados por un conocedor. Magistrales las descripciones de los paisajes caribeños, de los cambios que la luz y el viento producen en la tierra y el mar. El personaje, que es pintor, le presta la paleta al escritor y una vez bosquejado el paisaje, el escritor le presta al pintor la capacidad de narrar asuntos baladíes como el intento de un niño, que dura horas y horas, en pescar un enorme pez espada; la persecución interminable de unos marineros alemanes cuyo barco había naufragado, en una caricatura de la Segunda Guerra Mundial escenificada en los alrededores de Cuba, por entonces bajo la vigilancia de la armada norteamericana; las borracheras eternas: se sirven en ese libro más ginebras con tónica, con unas gotas de angostura, que en todos los bares de La Habana en una noche de carnaval. Y en medio de todo ello, la dura soledad. La muerte de los hijos en plena juventud, los amores imposibles, los divorcios, los amigos tránsfugas, y los recuerdos de una vida pasada quizás mejor: París, que era una fiesta con Picasso, Braque, Miró, Joyce, Erza Pound, como contertulios; Hong Kong y sus amantes chinas; Africa y sus safaris con infieles princesas europeas; La Habana, con sus prostitutas amigables. El Nobel de Literatura de 1954, cuando aún no había escrito este libro, reconoció en Hemingway esta maestría narrativa de lo cotidiano convertido en gran aventura. Su suicidio en 1961 confirma el carácter autobiográfico de la enorme desazón de Thomas Hudson ante la vida.El tío Baltasar dice que su sobrino es un lector de lecturas atrasadas, que aprovecha impunemente sus vacaciones frente al mar para leer libros que tiene guardados hace tiempos, y que apenas va por 1972, fecha en que se publicó este libro. Pero le reconoce el buen gusto de haber escogido Islas a la Deriva para leerlo en la luz deslumbrante del Caribe, a la orilla del mar, aprendiendo in situ sobre todas las aventuras que al pobre jamás le pasarán.

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