Fronteras

Noviembre 19, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En el mundo moderno la política electoral ha seguido siendo un asunto que se limita a las fronteras de cada país. La economía por el contrario ya no reconoce fronteras. Es decir, la política es nacional y la economía transnacional. Como consecuencia los políticos han perdido el control de lo que sucede con algo tan fundamental como el bolsillo de los electores, que depende ahora de las compañías multinacionales. Las 60.000 empresas que han abandonado Estados Unidos en los últimos años dejando ciudades fantasmas a lo largo y ancho de su geografía han ido a parar a lugares donde los costos de producción son menores. Es capital norteamericano trabajando en el exterior con mano de obra barata. No hay un poder político que pueda detenerlo, tan solo halagarlo con estímulos que son pagados al final por los propios contribuyentes. Estados Unidos, la gran economía del mundo, es más que eso: es la gran economía global. Es el capital norteamericano en el exterior de su país el principal protagonista de la globalización.No están solos. De todo el mundo industrializado las empresas emigran buscando refugios de bajo costo. Es un fenómeno universal que deja tendidos en el campo a los obreros calificados de países industrializados y a los pobres de todas partes que no tienen la educación necesaria para integrarse a esa globalización. Haciendo sumas y restas es probable que la globalización en conjunto haya sido el más poderoso factor de concentración del ingreso en todas partes y la más poderosa maquinaria de marginalización social.Así que en el mundo industrializado no hay político con más posibilidades de triunfo que el que proponga devolver los empleos perdidos en las honduras de Asía o África, construir murallas contra la invasión de mano de obra barata, impulsar el proteccionismo económico subiendo  aranceles y no permitiendo que se los suban a ellos, y denunciado los tratados de libre comercio, que existen precisamente para hace menos feroz la libre competencia internacional. Esa fue la fórmula que llevó a la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump, contra todo pronóstico, menos el de las víctimas de la globalización que creyeron que un hombre de negocios exitoso como él podría hacer ese milagro.Solo que su éxito de nuevo rico es el más acabado modelo de aplicación de los principios de la globalización: la especulación inmobiliaria en las grandes ciudades, el mercado del lujo en un mundo de ingresos concentrados, el uso de materiales de construcción comprados más baratos en el mercado internacional, el pago de salarios más bajos aprovechando las legislaciones de cada país donde tiene sus inversiones. Todo lo cual le permite vivir con su jet Boeing 727, sus tres casas de campo y su penthouse en la Quinta Avenida de Nueva York, decorado en oro del piso al techo con el dudoso gusto  de un gran jeque árabe.Ni él como Presidente de Estados Unidos ni nadie en ningún país podría reversar esa situación que es el signo de nuestro tiempo: el carácter transnacional y todopoderoso de la economía frente a la fragilidad de los estados nacionales. Lo cual no obsta para que los políticos hagan su agosto con la idea de que pueden hacerlo. El renacer del nacionalismo en los países industrializados que se cierran no está basado en otra cosa. Solo que los bárbaros invasores, dice el tío Baltasar, no son los pobres del mundo, sino los dueños del gran capital.

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