Frontera transparente

Frontera transparente

Febrero 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Si Neil Armstrong, primer hombre en la luna, hubiera decidido que él era un artista conceptual, su caminata lunar de julio de 1969 hubiera sido la mayor obra artística del Siglo XX; quizás solo comparable a la del anónimo ciudadano chino que enfrentó la fila de tanques artillados en la Plaza Tiananmen, en 1969, en caso de que él hubiera decidido lo mismo. Y es que ambos hechos por su fuerza intrínseca, su naturaleza simbólica y su carácter definitorio de una época cumplen con todos los requisitos de lo que hacen las personas que se denominan artistas conceptuales: obras que expresan una idea con una poderosa carga simbólica, independientemente de una categoría estética o de los medios para su realización y que se convierten en obras de arte por la sencilla razón de que ellos o sus críticos, dicen que lo son.Podría decirse que en la plástica el asunto tiene un origen bastante extraño: la decisión de Marcel Duchamp de exhibir en Nueva York, hace ya casi un siglo, en una exposición de artistas contemporáneos un orinal invertido comprado en un almacén, obra que tituló La Fuente. ¿Se burlaba Duchamp de sí mismo, del público, de los críticos de arte? ¿Se tomaba en serio? Jamás se sabrá, pero el hecho puso de relieve la idea central del Dadaísmo, movimiento principalmente literario inspirado por el rumano Tristán Tzara, que iba a ser determinante para bien o para mal de una de las corrientes centrales del arte contemporáneo desde comienzos del Siglo XX hasta hoy: la revolución perpetua, el inconformismo radical, el rechazo a cualquier forma de academia o de escuela, la cual transpuesta a las artes plásticas significaba simplemente que arte es lo que hacen los artistas. Y punto. Convertir la creación artística en un acto de emoción irracional o en una idea muy racional, divorciándola de su soporte o de su técnica de ejecución, que pueden hacer otros, son palabras mayores que han producido efectos sorprendentes y estragos sin nombre a lo largo de un siglo. Lo que vale del arte conceptual, que es solo una parte de las expresiones artísticas contemporáneas, son obras que interpretan la modernidad en su esencia mejor que todo un tratado de sociología. Pero es un hecho que en lo referente al arte conceptual las fronteras de la sociología y el arte se han vuelto totalmente transparentes. Y ello lleva a confusiones, dado que son muchas las personas que tienen ideas, las expresan de alguna manera y se creen artistas. La cultura occidental siempre consideró la obra de arte como resultado de una mezcla milagrosa de inspiración y conocimiento del oficio, de modo que sólo quien hubiera podido lograr la maestría de lo segundo podría materializar con acierto la primera. Nada de eso existe hoy. Pero hay que ser cautelosos en la evaluación de la oferta artística tan ligada a lo comercial, tan cerca de lo intelectual y tan lejos del oficio. Allí hay de todo.Una cosa deberían ser las expresiones sociológicas: las denuncias de la esclavitud, el racismo, el desplazamiento forzado, la opresión: el hombre Tiananmen; o la exaltación de cosas positivas, la hermandad en medio de la diversidad, la simbiosis cultural, los avances de la ciencia: el hombre en la luna; y otra muy distinta el arte conceptual donde con economía de medios se plasma una idea que busca impactar a la sociedad: como el Reichstag de Berlín empaquetado por Christo.

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