Espacios reservados

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Enero 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Monumental es el calificativo que se le puede dar a la obra minimalista de Richard Serra, considerado por muchos como el más importante escultor norteamericano vivo. Trabaja con enormes hojas de acero corten que crean senderos y laberintos de movimientos ondulados, alrededor de los cuales o dentro de ellos la gente camina. Su obra más importante está dentro de otra obra también monumental, que se ha considerado el edificio arquetípico del siglo XX: el Museo Guggenheim de Bilbao. En la enorme galería de entrada y de modo permanente está instalada su ‘snake’ (serpiente) cuyo sinuoso movimiento se une a otras siete esculturas en forma de cono truncado inspiradas en los cascos oxidados de los barcos del San Francisco de su infancia. Sólo un edificio de la monumentalidad del Guggenheim de Bilbao podía albergar ese trabajo de titanes. Así que la mayor parte de su obra está en las calles y plazas donde la monumentalidad adquiere la característica de una referencia urbana. San Francisco se ha acostumbrado a esas estructuras colosales. Nueva York las ha visto más como un estorbo en la vía. Por presión de la comunidad cambiaron de lugar una en el Central Park y vendieron otra como chatarra, porque los artistas modernos no son precisamente monedita de oro para gustarle a todo el mundo.Algo parecido le sucede a Doris Salcedo, la artista colombiana de más renombre internacional. Su obra, que tiene una clara intención política, está en las calles, en los escenarios del conflicto, como cuando colgó en la fachada del nuevo edificio del Palacio de Justicia en Bogotá tantas sillas como víctimas hubo, en un aniversario de la sangrienta toma de noviembre de 1985. Para caber en un museo éste tiene que ser enorme, como la Tate Modern, el museo de arte moderno de Londres, que había sido la central de energía de Bankside cerrada en 1981 y abierta como museo en el 2000, en cuyo enorme salón de turbinas (Turbine Hall) Salcedo construyó ‘Shibboleth’ una grieta de 167 metros de largo, rompiendo el piso, para significar las diferencias raciales que separan a la humanidad y la imposibilidad de la cultura europea de acercarse a las demás culturas. Una denuncia conceptual del racismo que sólo es evidente cuando se explica, pero que se expresa en un acto formidable de intervención de un edificio, que al cubrirse luego de su exhibición en el 2007 dejó una huella perdurable. Un par de ejemplos para decir que hoy el arte moderno en buen parte es casi cualquier cosa menos algo que se pueda colgar en una pared o exhibir en la sala de una casa. Como expresión de la vida moderna, con las técnicas que ha creado esa vida, el arte está ahora inextricablemente unido al cine, al movimiento, a lo cibernético, a la intervención de los espacios, a lo conceptual, a lo monumental. Cuando no está en la calle su refugio son los museos de arte moderno, porque ni una performance, ni un happening, ni una instalación, ni una imagen creada con un sofisticado soporte técnico, ni un trabajo monumental, pueden estar en una casa corriente. El arte moderno convirtió los museos de arte en espacios necesarios y reservados que hay que visitar, si se quiere conocer lo que él representa: la quintaesencia de la época, las angustias y anhelos de la sociedad construidos a través de la estética con los instrumentos de la modernidad. Es la razón que han tenido las grandes ciudades para construir y preservar esos espacios que acogen la huella de gigante que va dejando nuestra civilización.

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