Enojos callejeros

Diciembre 18, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El sentimiento de indignación que recorre el mundo tiene unas particularidades inusuales: los escenarios son los centros más conspicuos de la sociedad de consumo, los protestantes son personas jóvenes y educadas del primer mundo, y la queja no es por el consumismo sino, todo lo contrario, por el marginamiento de éste. Son ciudadanos acostumbrados al bienestar a quienes se les niega ahora ese privilegio disfrutado por sus padres, a quienes la perspectiva de trabajar más, por menos dinero y por más tiempo para obtener una jubilación menor, les parece una atrocidad propia de sociedades atrasadas. No son un movimiento político, no están organizados nacional ni internacionalmente, pero coinciden en ese malestar del bienestar, que va desde la Puerta del Sol, en Madrid, donde comenzó todo, hasta el mismísimo Wall Street, donde todo se decide. Lo que hay detrás de protestas tan disímiles es ni más ni menos que los signos ominosos de la terminación del Estado de Bienestar, que ha sido de lejos el rasgo más fuerte de identidad de las sociedades desarrolladas. De pronto, en medio del exceso de gastos, de la competencia feroz, de la abolición de las fronteras nacionales, de la globalización como se dice ahora, ya no hay como pagar esas cuentas.¿Y qué decir de las sociedades como la nuestra donde ese Estado de Bienestar fue construido a lo largo de muchos años, a través de conquistas sociales, de luchas sindicales, de propuestas partidistas, cuyos beneficiarios han sido siempre una minoría de la población, que ahora no está segura de que se puedan sostener? ¿Existe en Colombia algo que pueda parecerse o convertirse en un movimiento de indignación social de quienes son relativamente más privilegiados? Muy probablemente sí y es igual de descoordinado y de volátil como en otros lugares. Su naciente expresión es el movimiento estudiantil, cuyas motivaciones van mucho más allá de la protesta por la expedición de una ley absurda de reforma de la educación superior.En el fondo la queja de los estudiantes universitarios, que son una minoría de la población, porque sólo el 37% de los bachilleres tienen acceso a ella, es contra la conversión de la educación superior en educación para el trabajo, y al tiempo, contra un mercado laboral que no genera trabajo profesional y contra la proletarización de los salarios; pero sobre todo, contra el hecho de que esa propuesta se identifica como parte de un esquema mucho mayor, de irrupción final del país en la competencia internacional que los va a obligar a endeudarse para estudiar, a trabajar más tiempo por menos dinero, para jubilarse tardíamente con pocos recursos. O sea, la protesta estudiantil, que es el fenómeno social más interesante de la vida urbana colombiana en el 2011, tiene las mismas angustias de los jóvenes españoles o norteamericanos y es la expresión de la llegada oficial de la globalización entre nosotros. Los temas de la agenda nacional son ahora el sistema de salud, hoy en manos del mercado; una reforma pensional, para cerrar la llave al sistema de prima media y dejar que el mercado determine el monto de las pensiones con los ahorros individuales; el aumento y la igualación de la edad de jubilación entre hombres y mujeres; la desregulación del mercado laboral; y la reforma educativa, que va a proveer esa mano de obra barata; de modo que es difícil pensar que esta reforma fracasada no hacía parte de ese todo, ni que no hubiera y haya razones para indignarse por ello.

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